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Neruda asesinado

En mi hogar de infancia la versión siempre fue la misma. Neruda murió de tristeza. No había soportado el drama que trajo consigo el golpe de Estado.  

Entonces yo era muy pequeño, pero igual me las arreglé para averiguar los pormenores de sus últimos días. La prensa chilena estaba fuertemente amordazada, no llegaba prensa extranjera y los libros que se consideraban amigables con el gobierno derrocado se habían quemado en grandes piras públicas.  

Pero quedó una ventana abierta a la información. Una ventana que los milicos no pudieron controlar, y esa fue Radio Moscú, que a través de su onda corta lograba llegar a todos los rincones de Chile. Gracias a esas transmisiones que sintonicé en una vieja radio medio desarmada, pude enterarme  de la situación real del país y de la suerte de los exiliados.

 Los exiliados chilenos que se habían refugiado en la Unión Soviética, Suecia o Alemania Democrática, lograron articular su discurso denunciante y condenatorio a través de ese medio.

Cada noche, apenas oscurecía, sintonizaba la emisora y escuchaba esas voces con marcado timbre ruso. La señal radial iba y venía hasta un punto en que a veces me perdía lo que creía más importante y me terminaba fastifiando. Escuchaba escondido, a veces ni siquiera le decía a mi madre, porque ella y todos los adultos tenían miedo. Y su miedo se acrecentaba por lo que se nos pudiera salir a nosotros en el colegio. Pero entonces no abrí la boca, y fue sólo para no causarles problemas.

Así, a través de esa radio, me enteré de las persecuciones, de los miles de muertos, de los cadáveres que flotaban en el Mapocho, del asesinato cruel de Víctor Jara, de las torturas sistemáticas en el Estadio Nacional, de la gente que iba desapareciendo y del profundo pesar por la muerte del que se consideraba el otro gran líder de la izquierda chilena, Pablo Neruda.

Sin embargo, entre esos ex jerarcas chilenos, locutores rusos, analistas internacionales o exiliados de menor rango, no recuerdo haber escuchado la versión del asesinato de Neruda. Hasta donde recuerdo, ni siquiera se planteó. 

Pasaron los años y los milicos golpistas impusieron su versión oficial. Neruda, nuestro segundo Premio Nobel de Literatura, murió por complicaciones propias de su enfermedad. Eso se nos enseñaba en el colegio,  junto a  los poemas más insípidos de Neruda que ocupaban páginas centrales en los textos escolares. Porque, aunque hubiese sido un equivocado comunista, había recibido el Premio Nobel, y los milicos no podían borrar su memoria con meros decretos e intimidaciones. Así que se propagaron sus Odas Elementales. Sus odas a la cebolla, al ajo, al día feliz, al mar o al caldillo de congrio, debíamos aprenderlas de memoria y recitarlas junto a ciertos poemas de Gabriela Mistral, elegidos con el mismo criterio.

Muchos años más tarde, y ya con cuatro gobiernos teóricamente democráticos que pudieron haber hecho algo por dilucidar la verdad (pero que no lo hicieron) empezó a renacer con fuerza una vieja versión sobre el fin de Neruda. Emanaba de su más cercano ayudante, su propio chofer y amigo, Manuel Araya. Su versión parecía coherente. A Neruda lo asesinaron. Los milicos no podían permitir que saliera del país y encabezara una resistencia a gran escala contra el régimen golpista. 

Poco antes del fin, Neruda le confidenció a su chofer que un médico sospechoso ingresó a la sala de la Clínica Santa María, donde el poeta aguardaba antes de partir a exiliarse en México,  y le pinchó el abdomen. Luego desapareció. 

A partir de ese momento Neruda se empezó a sentir muy mal, hasta que a las pocas horas se comunicó oficialmente su fallecimiento. En el intertanto, al chofer lo detuvieron unos policías de civil,  lo golpearon con saña y sólo supo que Neruda había fallecido cuando el propio cardenal Raúl Silva Henríquez fue a visitarlo a la cárcel.

El mismo día que murió Margaret Thahtcher, se exhumaron los restos del poeta. Hoy se está a la espera de que los análisis corroboren o desmientan la versión del chofer de Neruda.

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