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La importancia política de los intelectuales

Literatura y política siempre han estado unidas. De hecho, me cuesta imaginar un aspecto de la vida que no sea político. Sin embargo, desde hace décadas que los intelectuales, su gran mayoría al menos, levantaron una bandera blanca de rendición y se dedicaron a lamerse las heridas del desaliento, desaprovechando su potencial, perdiendo todo honor en la batalla, muriéndose en vida, y dejando que una tropa de simplones gurúes capitalistas o marxistas les direccionara el camino y los mantuviera adormecidos, postrados e inútiles.


Creo que es hora de cambiar todo eso. Es hora de retomar las armas que nos dio la naturaleza y que fortalecimos nosotros mismos a través de miles de horas de bibliotecas, reflexiones, debates, observaciones y coexistencia con todo tipo de personas y grupos. Es hora de revalorizar nuestra autonomía de pensamiento, nuestra ética, y romper el círculo vicioso del aprovechamiento en que están sumidos la mayoría de los países.

No concederle importancia a nuestra armas intelectuales, no valorizarlas, no asumir el riesgo, involucra una cobardía imperdonable. No tomar nuestro lugar, significa que otros lo tomarán por nosotros. Y ya sabemos que ningún estrado del poder queda jamás desguarnecido, porque siempre hay legiones de hienas al acecho buscando la oportunidad del botín, y diseminando de paso una cultura de la basura, una cultura servil,  perfectamente acondicionada para que la sinvergüenzura del que está arriba se perpetúe.

Como intelectuales, nuestra fortaleza está en el ejercicio de la razón pura, en nuestra creatividad, en nuestra ética ligada al fortalecimiento y preservación de lo mejor del ser humano, jamás de lo peor. En no torcer intencionalmente argumentos para defender intereses gremiales, religiosos, nacionales o simples ideologías políticas. En no permitir (un primer paso es intentarlo) que la agenda mediática la maneje cualquier político analfabeto, empresario, presentador de televisión multimillonario, periodista lameculo o cientista político inoperante en su exceso de academicismo.

Es a los intelectuales a los que nos corresponde asumir un protagonismo político y dejar de quejarnos o de callarnos a cambio de prebendas limosneras. Creo que lo que nos corresponde es levantar la cabeza por sobre la invisibilizadora nubosidad de la contingencia y ver el panorama en su conjunto. Y por supuesto, sin dejar de ponerle orejas de burro a todos los hijos de puta que se lo merezcan. Václav Havel demostró en su momento que sí se podía, que los intelectuales lo podían hacer mejor que nadie. Ahora nos toca a nosotros.

Imagen: Václav Havel, escritor, dramaturgo y ex presidente de la República Checa.

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