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Pesadillas

No puedo dormirme y tener sueños agradables, a lo mucho pornográficos, pero sólo muy esporádicamente.

Subo a Facebook la pintura de un perro gigante persiguiendo a un muchacho. Me hace recordar pesadillas similares.  Son los miedos idesterrables que se van acumulando en el subconsciente, en la cara oscura de la memoria. 

Tenía tres años cuando me persiguió una enorme vaca. Me miraba con odio. Tenía el hocico negro. Echaba espuma por la boca. Yo tenía la certeza de que me iba a matar. No había nadie cerca que pudiera socorrerme, así que arranqué lo más rápido que pude, aunque a esa edad los pasos se miden en milímetros. Mis piernas no me respondían del todo. El pánico las paralizaba, pero igual logré atravesar unos arbustos a través de un tunel dejado por los conejos, y la vaca no pudo alcanzarme. Sólo me quedó mirando desde el otro lado del túnel. 

Muchos años más tarde, ya en la universidad, mis piernas no me volvieron a responder del todo, y esa vez me alcanzó un tropel de policías antimotines que me dieron de palos y patadas. 

El hecho, lo que quiero contar, es que mis noches, el escaso tiempo que dedico a dormir, es ocupado por las pesadillas. Precipicios, incendios, persecuciones, choques de trenes, terremotos, tsunamis, volcamientos, magnicidios, invasiones extraterrestres, multitudes que se ahogan... Mis guiones son abundantes, por supuesto que no los controlo. En mis sueños suelo ser más débil de lo que me siento despierto, y hasta he muerto muchas veces. Tantas que ya ni me creo que estoy vivo.

Pero esas pesadillas no son las peores. Morirme no es un drama. El drama es cuando le suceden cosas a las personas queridas y no puedes salvarlas. Esa sí es la peor de las pesadillas.

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