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Las viejas dictadoras

Durante la era pinochetista las esposas de los milicos tenían un enorme poder.

Ellas imponían las directrices de cada localidad a través de sus centros de madres llamados CEMA Chile.

Esos centros los había creado la esposa del ex-presidente democratacristiano Eduardo Frei Montalva, pero fueron las esposas de los milicos, en tiempos de dictadura, y comandadas por la esposa de Pinochet, Lucía Hiriart, las que los convirtieron en espacios de poder local.

Teñidas de rubio, pintadas como payasos y envueltas en sudorosos abrigos de piel de zorro, llegaban muy orondas a impartir órdenes y dar consejos a las mujeres pobladoras que asistían a las reuniones. Una vez en sus sedes, estas poderosas damas se sacaban sus envueltos y quedaban uniformadas con su característico delantal violeta.

El tono de sus voces era autoritario y desdeñoso. A veces lo suavizaban queriendo parecer simpáticas, pero dejando bien en claro que le hablaban a la chusma torpe y analfabeta. Solían impartir cursos de tejido y bordado, y entre punto y punto aprovechaban de dejar bien en claro la loable y sacrificada labor del gobierno militar.

Las personas comunes les temían, pues entendían que ellas mandaban también a sus maridos, y eran por tanto el poder en las sombras, la verdadera dictadura.

Mi madre asistía regularmente. Temía no ir, pues creía que podíamos quedar marcados como opositores, y eso sí que era una desgracia. La acompañé varias veces. Entonces yo tenía menos de ocho años. Me quedaba afuera, en unos banquitos de madera, y a ratos husmeaba hacia el interior lo que hacía ese tropel de viejas ociosas. Escuchar la forma como se dirigían a mamá me enardecía.

Cuando se acabó la dictadura de Pinochet esos centros siguieron funcionando, pero los distintos gobiernos de centroizquierda les fueron recortando los aportes estatales. Sin embargo, dinero nunca les faltó por cuanto la mayor parte de su financiamiento siguió llegando desde el mundo empresarial y militar. Aunque cada vez iba menos gente.

En la medida que las mujeres más pobres, pobladoras, madres solteras, campesinas, fueron perdiendo el miedo a los milicos, desterrando la mentalidad servil hacia los ricos y tomando conciencia de sus propios derechos, esos centros fueron quedando despoblados.

Todavía existen algunos, pero en su interior no se divisan más de dos o tres ancianas masticando su anticomunismo recalcitrante.

Imagen: George Grosz

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