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La defensa Muzam

Dialogando con Ricardo recordé mis tiempos de ajedrecista en la secundaria. No era malo. De hecho me consideraba un buen estratega, podía hasta divertirme a costa de mi rival, burlarme en su cara, exasperarlo, pero lo que me costaba era asestarle un golpe letal, mi debilidad eran los mates. 

Me gustaba leer sobre ajedrecistas, sobre sus torneos, sus vidas, sus gustos y manías. Mi favorito siempre fue el odioso Bobby Fischer. Sus arrogancia, su autonomía, sus extravagancias, su desdén intelectual por el resto, eran una delicia para mí, que nunca fui precisamente humilde. Uno de mis sueños recurrentes de adolescente era jugar una partida con él. Luego me sedujo Kasparov, desafiante ante la gran federación mundial de ajedrez, y aspirante presidencial de Rusia. 

Tras salir de la secundaria no tuve con quien jugar. Es decir, no tenía paciencia para jugar con cualquiera. Necesitaba a alguien a quien yo respetara y me respetara a mí (la cortesía es primordial) un caballero o una dama (no discrimino a las mujeres, aunque siempre les di paliza ajedrecística. Sin embargo, hoy la húngara Judit Polgár me patearía el trasero por medio planeta).

Han pasado más de veinte años. No he vuelto a jugar más que esporádicos solitarios. Mis tableros se fueron perdiendo en mis mudanzas. Hoy me han dado ganas de retomar. Pero debo ensayar, beber agüita de tolerancia y enfrentarme a jugadores de nivel mediano durante un tiempo, repasar jugadas (aunque mi estilo solía ser el de un payaso improvisador), porque en ajedrez hay que mantenerse en forma para ir ascendiendo. 

Eso sí, primero leeré La defensa de Nabokov.

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