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El desprecio


 Llueve y truena que da gusto.  Me siento particularmente dichoso con este clima. Es como vivir en un estado de excepción donde las reglas habituales no sirven. Y mi vida siempre ha sido un estado de excepción, donde ninguna regla externa me ha disuadido. Donde voy arrastro mi propia tormenta, que casi siempre es alegre y ruidosa. No ando postrado o deprimido por la vida, y no es que me invente estados anímicos excelsos, o que siga los designios de algún gurú culero, sólo que me gusta sentirme bien. Si me he permitido vivir debe ser de la mejor forma.


Hace unos momentos leía fragmentos de Cautiverio feliz, esa vieja obra de Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán. Antes no le daba bola a las obras antiguas y hoy me deslumbran, quizás porque es una evasión que me aleja varios siglos, y me transporta a un momento de la historia donde hubiese querido estar, dándome de sablazos  con indios y europeos, fornicando como el semental salvaje que soy, inventando una religión divertida y afianzando mi propio reino de tintes hippies en pleno siglo XVII. 

Temprano vi una película de Jean-Luc Godard, El desprecio. Debe ser una de las escasas películas de amor no boludas. Gracias a esa historia pude entender cosas que antes no podía haber entendido, y que allí estaban planteadas muy claramente. Hombres y mujeres funcionamos de manera muy distinta, y nuestros mensajes casi nunca son entendidos por el otro. Los hombres no podemos entender las señales que nos envía la mujer, porque no estamos preparados para reconocerlas a tiempo. Ellas tampoco entienden las nuestras. Al final, el desastre. Todo se aprende de forma tardía. La película está protagonizada por una exuberantemente triste Brigitte Bardot, un bruto Jack palance y el legendario Fritz Lang, interpretándose a sí mismo.

Vuelvo un rato a las peleas en las redes virtuales. Cuando estoy de cierto humor me dedico a perder el tiempo y doy una que otra paliza intelectual. Y es porque a veces me harto de encontrar tanta porquería llenando muros, tanta falacia, tanta arrogancia de personas increíblemente ignorantes y malintencionadas, que usan gran parte de su tiempo para denostar al resto. De cualquier forma, no cambian ellos ni yo. Todo sigue igual. Es una guerra de trincheras donde nadie avanza ni un sólo centímetro.

A veces, he llegado a pensar que quienes intentamos construir una sociedad más justa e igualitaria somos una anomalía de la historia, porque el hombre es naturalmente más proclive a una forma capitalista de coexistencia. Al menos la forma que se difunció desde Europa, y que por las buenas o las malas fue aceptada en el resto del planeta. Ni siquiera los regímenes socialistas, en apariencia tan científicamente organizados, fueron capaces de resistir la arremetida de esta caballería siniestra. Claramente, del egoísmo y la codicia, que son los ingredientes básicos de la corrupción, no se salva ningún sistema o no sistema.

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