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Calzones de Frutillita

La primera noche que salí con Giselle fuimos a un oscuro mirador frente al principal muelle del puerto. Apagué el motor y nos quedamos en silencio escuchando el golpeteo del viento marino en los vidrios y el incesante trajín de las maquinarias.

Los pechos de Giselle eran tan grandes que los dos primeros botones de su blusa simplemente no existían. Despedía un fresco aroma a chicle de menta, a colonia de baño y a kojak de frambuesa. Su vestido de tela muy frágil se levantaba al menor movimiento dejando sus muslos al descubierto.

No necesitamos intercambiar palabras. Giselle se acercó resueltamente a mi boca y me tragó con un enorme beso mientras mis manos desabrochaban los botones de su blusa. Sus calzones  tenían estampas de Frutillita y sus sostenes sólo alcanzaban a recubrir el borde de sus pezones.

La incomodidad de estar en asientos separados, con el freno de mano como árbitro de la contienda, nos obligó a trasladarnos al asiento trasero. Recosté a Giselle, le bajé su sostén y mamé como un ternero hambriento sus durísimos pechos durante largos minutos.

Giselle no me apuró. Más bien gemía o balaba como una cabrita nerviosa, y su propio balido la ponía contenta. Luego le bajé sus calzones de Frutillita y le lamí su sexito con delicadeza.

Cuando me dispuse a montarla y estaba acoplado en la entrada de su vaginita, me susurró: “Soy vírgen”.

No me importó. Presioné con decisión pero mi pene no quería entrar o era demasiado grande. Lo seguí intentando una y otra vez sin resultados.

Nos detuvimos cuando escuchamos que se acercaba un grupo de personas. Giselle se arregló el escote. Nos quedamos mirando y no atinamos más que a reírnos. Los vidrios se habían empañado por dentro y la visibilidad era escasa. Puse la calefacción para disipar el vapor.

Le ofrecí un sorbo de mi cogñac de emergencia. Lo bebió como agua, sin arrugar el rostro.  Luego me zampé un par de sorbos, le subí sus calzones de Frutillita y la fui a dejar a su casa.

3 comentarios :

  1. Eso estuvo cheverísimo amigo.
    ¿Es tu esposa? Porque está muy guapa.Escribes muy bien.
    Saludos.

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  2. Anónimo28/8/10

    QUE PATÉTICO LA SITUACIÓN .

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  3. Demoledor.

    Bukowski le ganó la mano a
    Montainge en este interludio.

    El lector que mueve los labios para
    leer y comprender lo que lee no
    está acostumbrado a que el autor
    le señale su voyeurismo de forma
    tan evidente. Dinamita mental (!!)

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