Translate

Arrogancia de principiante / 2007

Cuando empecé a escribir solía ser muy arrogante. Mirador en menos respecto a quienes no podían hacerlo y sobretodo respecto a quienes consideraba como escritores muy inferiores a mí.

Mis razones no eran muy razonadas y más bien eran el complemento a mi ímpetu atolondrado, a mi caballería más loca de entusiasmo que de cordura.

Con el tiempo uno se arrepiente de muchos decires y ataques injustos, gratuitos, a pito de nada. Recuerdo que hablé mal de algunos poetas (encontraba bobalicona la poesía erótico-amorosa de Neruda. Aunque eso lo mantengo). También hablé mal de Luis Sepúlveda, porque lo consideraba pajero, desprolijo, pero igual lo leía y me entretenía. Con el tiempo me percaté que yo no soy menos pajero y desprolijo, que a veces no cumplo con los plazos y suelo improvisar para salir del paso. 

A veces descueraba a Enrique Lafourcade, porque sus columnas parecían un mero saludo a la bandera, una reiteración apurada de sus columnas anteriores (hoy extraño su voz, su erudición, su temple lúdico, medio infantil) Hablé mal de Diamela Eltit porque no lograba entenderla, y de verdad aún no la entiendo, pero es un problema mío, un defecto mío. 

Hablé mal de varios poetas santiaguinos, de su petulancia sin sustento, de sus escasas obras que eran como cáscaras sin nueces. Hablé mal de tantos poetas provincianos, de esos que se allegan a los clubes de rotarios, que parecen premodernistas beatos y se acaparan las becas y espacios literarios. Hasta hablé mal de Jorge Edwards, porque le anteponía su origen social a su obra. Hoy lo considero un genuino gigante hispanoamericano.

Entonces leía demasiada literatura estadounidense, desde Stephen Crane en adelante. Narradores que me fascinaron y me siguen fascinando. Leía a los franceses, poetas y narradores, a sus viejos simbolistas y a los posteriores. Leía a los japoneses, a los chinos, a los rumanos, a los rusos, pero no me daba el tiempo para leer a los latinoamericanos ni a los españoles. Ese descubrimiento fue tardío. Hoy me quedo con todos. Desde Kenzaburo hasta Arguedas, desde Hawthorne a Manuel Rojas, desde Solzhenitsin a Ricardo Piglia. Las mentes lúcidas han florecido en todas las culturas y territorios.

Chile, Bolivia, Perú y Argentina, desde donde escribo en este momento, están plagados de escritores fascinantes, vivos y muertos, jóvenes y viejos, ricos y pobres, hombres, mujeres, gays, izquierdistas, derechistas, anarcos, indignados y evasivos. Es la riqueza creativa de esta tierra sureña, un hervidero de sueños e inquietudes que se teclean cada día, a cada segundo. 

Hoy me parece ridícula mi actuación de mis primeros años. Los escritores no son mis enemigos. Ninguno tiene la culpa de nacer con poco u mucho talento. Podemos coexistir. Aceptarnos. Dialogar. Disfrutar una copa. Los enemigos, mis enemigos, están en otras áreas. Particularmente en la política, en el mundo de las finanzas y en el crimen organizado.

Sin embargo, eso no significa que haya abandonado mi perspicacia escrutadora de las obras ajenas. Un crítico furibundo sigue viviendo en mi interior, pero le acorté la rienda y lo mantengo bajo control, para que no dañe gratuitamente a quienes nada me han hecho.

1 comentario :

  1. si tanto escritor es "fascinante", entonces la "fascinación" ya no es lo que era, se ha popularizado al extreme; este sustantivo tan rotundo hay que reservarlo, aunque sea en honor a su prosapia; el "fascino" se refiere a algo tan impactante y singular que... te invito a investigar la etimología del vocablo. En cuanto a mí, investigue o no, me sigue fascinando Hawthorne, me echen cuanta paletada me echen de autores de última moda o de clásicos... pero yo sé porqué.

    ResponderEliminar

Creative Commons License
Cuadernos de la Ira de Jorge Muzam is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.