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Muñeco del viento



Sucede que a veces percibes que cuanto aprendiste durante tu vida no significó mucho. Pero te conformabas diciéndote que por algo habían hecho tanto escándalo para que te subieras al tren de la molienda. De cualquier forma no había cómo escapar. O te sumabas o te apaleaban, así que lo mejor era fingir.

Una vez arriba la mirada personal desaparecía y debías mirar a través de otros ojos, pertenecientes, muy usualmente, a cegatonas ratas lamesuelas, casi siempre las peores, porque aceptaron todo, y por ello las condecoraron con medallas en el pecho, por aceptar sin chillar un maldito reclamo.

La educación pública era una forma perversa de perder el tiempo. Allí, dentro de las aulas y oficinas de directorios, todos corrían engañados, creyendo que hacían algo importante.

La familia que te tocó no hizo más que meterte el dedo en todas las heridas, una y otra vez.  

Luego, perder el tiempo en trabajos reglamentados, donde cada uno ofrecía su peor cara y donde nadie producía realmente nada.

Sucede que a veces las estanterías culturales quedan vacías, sobretodo cuando has decidido sacarles el polvo y te has sorprendido con su manufactura barata. 

¿Cómo rellenarlas? ¿cómo reemplazar tanto espacio vacío?

En pie sólo quedan algunas emociones y una memoria desprolija. 

A veces pasa tanto tiempo en esa limpieza, porque no acabas de convencerte que todo lo externo valía tan poco. 

Se suman estaciones. Dejas que vuelva el polvo. Ya no haces nada. A ratos asoma la primavera en forma de mujer, en forma de sonrisa. Te acaricia el cabello... te dice que eres bello, como un muñeco del viento, expuesto a las hojas marrones, a los días grises, a los orgasmos detrás de las piedras...

En el camino despoblado tropiezas con libros viejos, con letras gastadas, apenas perceptibles, que resumen las conmociones cósmicas de viejos amigos que fueron cayendo en esta batalla nunca iniciada... Henry Miller, Céline, Ezra Pound... avanzas muchos kilómetros junto a ellos...  hasta que los dejas sobre una piedra para otro posible caminante.

Mucho después ves espejismos de los beat o de Gurdjieff, pero ellos ya están muertos, e intuyes que apenas adornan centímetros de enciclopedias que nadie volverá a abrir. 

Así que sigues solo. Oyes ruidos de motores, sonidos de brisas, stereos estrepitosos, posibles cascadas, búhos somnolientos, pero más que nada te oyes a tí mismo.

Untas bananas en la miel... No sabes por qué existe el hambre de cosas específicas...

Te crees el resumen de la historia universal, más bien el final, el último aliento... deberías naturalmente morir, y la historia contigo.

Pero la paradoja de la vida no te suelta las solapas.

Y te peleas con ella.

¿De qué sirve la soledad?- le espetas.

No te responde y te da un puntapié en los testículos que te deja doblado. 

Luego se va y quedas en teoría muerto. 

Pero sigues., no sabes cómo, ni con qué aire, ni para qué.


1 comentario :

  1. "Untas bananas en la miel..." (!!)

    Y esto: "Te crees el resumen de la historia universal, más bien el final..." Esta es la explicación del encanto de la filosofía de Heguel.

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