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Nacimiento de una biblioteca

Recorriendo ferias callejeras en Santiago y provincias encontré textos de Proust, Stendhal, Stephen Crane, Carlos Droguett, primeras ediciones de autores chilenos antiguos (digamos únicas ediciones), libros inencontrables para quien se propone encontrarlos. Sólo se llega a ellos por el azar, el destino, la casualidad, un accidente o no se qué. Costaban casi nada, eran mercancía barata, molesta, sus oferentes querían deshacerse de ellos a cualquier precio. El sol les había desteñido sus tapas, tenían hojas dobladas, dibujos de niños pequeños, sumas de cuentas por pagar, manchas de humedad, capas de polvo, pero la mayoría de los libros estaban completos, salvo El último magnate (que hoy convive con el título alternativo The Love of the Last Tycoon), novela que se desgajaba en puntos suspensivos, pues Fitzgerald no la alcanzó a terminar.


Inevitablemente, la mención a Fitzgerald me reconduce a la película de Elia Kazan, El último magnate, filmada en 1976. Hasta donde sé es también su última película. Luego se dedicó a escribir, a repasar recuerdos. No he leído nada aún, pero a juzgar por los guiones de sus películas debe ser uno de los grandes. Algo para tener en cuenta, nunca se arrepintió de haber delatado a sus ex camaradas del partido comunista. Incluso reforzó su postura asociando a los sindicalistas comunistas con la mafia, en Nido de ratas.

Vuelvo a los libros. No todo lo que conseguí estaba en malas condiciones. Encontré empastes a precios irrisorios. Libros de arte, de cine, de pornografía, novelas de Anagrama, de Alfaguara, atlas históricos desfasados. Los solían vender muchachos universitarios apurados por dinero, familias que habían caído en desgracia económica o chicas que necesitaban un par de mangos para irse de parranda. 


Imagen: Loreto Greve, modelo chilena.

2 comentarios :

  1. Mi "biblioteca" desapareció con mis mudanzas, no se pudo cargar todo en cada ida y venida. A penas me quedaron un par de libros comprados en mis vagabundeos por las librerías eclécticas y caóticas de la ciudad de Buenos Aires; con el tiempo les sumé un par que compré en una feria realizada en mi actual ciudad donde las rebajas ameritaban el gasto impulsivo. Todos estos libros reales conviven y sobreviven en mi casa materna entre revistas y cuadernos para vender o regalar. Desde que asumí que no todo lo puedo cargar mi patrimonio lector lo cargo en algunos pendrives, del resto no sabré cuál será su destino de acá a algún tiempo más. Biblioteca real y virtual, a ambas las aprecio y valen para mí. Ambas componen mi desordenada biblioteca interior.

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  2. La mía, la de papel, ha ido quedando diseminada. No sé si recupere algo o mucho de lo que había reunido, pero al menos poseo una memoria fotográfica y puedo escarbar en mi disco duro ciertas páginas puntuales. Afortunadamente, he alimentado una biblioteca digital esplendorosa que ya se la quisiera Italo Calvino.

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