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Volver por el mismo puente

Tras oscurecer me senté en el jardín a beber unos mates. El calor sofocante tras la tormenta no daba tregua. Sudaba como un caballo huyendo por Mongolia. Pensaba en los escritores que más quiero. Aunque a decir verdad mi afecto-admiración es tan cambiante como la bolsa de comercio. Es decir, los voy queriendo o desqueriendo a medida que sus obras me cautivan o decepcionan. Sólo en torno a unos pocos mi amor se mantiene fiel.


 El hecho es que pensaba en Kafka y Céline, pero no en sus obras, sino en sus vidas cotidianas, en sus despertares con resaca, en su ropa sucia, en las veces que sentían hambre durante el día, en sus panes y cafés, en sus miradas nostálgicas atravesando ventanas lluviosas, en las humillaciones que debieron soportar, en sus culpas, esas cicatrices incurables del alma, en sus deseos, enamoramientos repentinos, masturbadas, puteaduras, en la pluma que se les quedó sin tinta, en las largas tardes sin nadie con quien dialogar, sin ánimo de escribir, medio muertos de tanta vida desperdiciándose. 

No pensaba en sus obras, porque en ese momento yo tampoco escribía, sólo contemplaba pasar minutos tenues e inútiles, agobiados de humedad tropical. Pensé en ellos, porque cuando los leo me siento como ellos, tomo los mismos senderos y maldigo el mundo de una forma similar. No es exceso de influencia. No es fanatismo ciego. Es haber llegado desde un sendero distinto a cruzar el mismo puente colgante. Y aunque está podrido y cruje en cada pisada, los tres llegamos a salvo a la otra orilla. Somos sobrevivientes, sabemos que nadie vendrá nunca a echarnos una mano,  y así debe ser.

En ese momento, aquella noche, ya muy tarde, era Céline el que tomaba un mate, mientras  Kafka le daba el visto bueno a las ranas, que muy orondas, pedían un salvoconducto para cruzar al otro lado del jardín.

 Ambos pensaban en mí con cierta preocupación, porque en la otra orilla, más allá del precipicio, no había nada, absolutamente nada, y teníamos que volver por el mismo puente colgante.

Fotografía:  Louis-Ferdinand Céline, Meudon,1959.

2 comentarios :

  1. Fasciante forma de agonizar! Se por experiencia propia que el calor hace temblar de impotencia y frustración. Ud lo hace con estilo, como siempre.
    Abrazos y besos

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  2. Se agradece Alejandra. Se agoniza para salir más vivo que antes. Una incongruencia de los días sin calendario.

    Abrazos

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