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Servicio de hotelería para un caballo mimado

Transcurrían los ochenta. Tenía 10 años y vivía junto a mis padres y hermanos pequeños en San Fabián de Alico. Eran tiempos de dictadura y prepotentes alcaldes milicos que pasaban raudos en sus camionetas levantando nubes de polvo. Solían viajar con una numerosa comitiva de lametraseros. No disminuían la marcha ante las madres con bebes, escolares pequeños ni ancianos, y a todos dejaban entierrados y adoloridos con las piedrecillas que iban lanzando violentamente los neumáticos. En aquellos tiempos pensaba que circulaban a esa velocidad y con ese rostro de afectación porque tenían que hacer cosas mucho más importantes que preocuparse del bienestar de nosotros, los pobladores. Más adelante entendí que esa es la forma habitual en que los funcionarios con escaso poder ostentan sus inútiles cargos. Pero como vivíamos en la periferia montañosa y no dependíamos de ellos, esas cosas en realidad no importaban demasiado.

Una de mis obligaciones diarias en aquellos tiempos era ir a buscar a nuestro caballo Mandito a un fundo lejano. Lo llamábamos Mandito, porque a su antiguo dueño le decían Mandito y era un ermitaño  manco y tuerto que vivía a mitad del Malalcura, en una casucha sombreada por abetos, tal como el abuelito de Heidi. Cada vez que lo visitábamos nos ofrecía agua de manantial con harina tostada. Su hogar parecía un paraíso, salvo en invierno, cuando quedaba aislado por la nieve.


Ese fundo en el que pernoctaba nuestro caballo era extenso, con lomajes cubiertos de pasto tierno y esteros cristalinos bajando de las montañas. Le pagábamos la estadía, es decir, algo así como un hotel equino de tres estrellas, porque no dormía bajo techo. 

En nuestro campo teníamos las ovejas, los cerdos, los chivos, las gallinas y los patos, que ramoneaban lo que estuviera a su alcance y dejaban al caballo sin suficiente cena. Cuando tuvimos vacas debimos hacer lo mismo. Pagarles servicio de hotelería en parcelas grandes.

Cada mañana debía levantarme antes de las seis para ir a buscarlo. Atravesaba largos potreros,  sorteando la zarzamora y los cercos de varas podridas.  Aunque el rocío de los arbustos me mojaba  hasta la cintura, resultaba fascinante caminar por huellas apenas distinguibles, contemplar la iluminación del horizonte oblicuo de las montañas, oír los pájaros madrugadores al unísino y sentir como los saltamontes golpeaban mi cuerpo con sus brincos mal calculados.

Tras cuarenta minutos, arribaba al fundo donde pasaba la noche nuestro mimado Mandito. Él me miraba a lo lejos, pero no se dignaba acercarse. Digamos que el juego era siempre el mismo. Yo me acercaba y Mandito se alejaba, hasta que entre tanta escaramuza lograba arrinconarlo. Luego le ponía el lazo y lo montaba de regreso a casa.

Cuando se me hacía tarde y el calor era insoportable, nos deteníamos en uno de los abundantes esteros y me daba un refrescante chapuzón. Mandito, mientras tanto, bebía agua y le arrancaba hojas a los árboles cercanos. Si no andábamos demasiado apurados, obligaba a Mandito a meterse al estero, le lanzaba agua con una pala y lo cepillaba desde la cabeza a la cola.

3 comentarios :

  1. Pictórica. Sensorial. Se comprende todo.

    Saludos

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  2. Necesitaría consiguir algo así jeje algun hotel en Buenos Aires que se le asemeje....? recomendaciones....?

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  3. Ud. siempre elevándome hasta el lugar mismo de la historia es lo que más admiro de ti como escritor. Una vez más... Notable.

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