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El resentimiento es el motor de la historia

Usualmente no confío en las encuestas porque es como creer en dios. Alguien te muestra su resultado, pero no todas las escaramuzas y torceduras que hizo para llegar a ese resultado. Y ya sabemos que cada persona gobierna su vida para su propio interés, para su propia ideología, todo es subjetivo, todo es personal.


Sin embargo, haré una excepción, y es sólo porque estoy fuera de Chile. La encuesta CERC 2012 (que es la más valorada por moros y cristianos en Chile, lo cuál es un mérito increíble), dejó en claro que el 81 % de los chilenos siente un profundo malestar por la mala distribución de la riqueza. En 1997, era un 84% de los chilenos el que sentía ese malestar. Es decir, 3 puntos de disminución en 15 años no es como para enorgullecerse del sistema. 

La desigualdad social es hoy el principal polvorín sobre el que camina la sociedad chilena. No bastó ostentar logros macroeconómicos, estabilidad financiera, baja inflación, aparente estabilidad política y bajo desempleo. Nada de eso tiene ninguna importancia ante el malestar creciente de la gran mayoría de la población que siente que le siguen metiendo el dedo en la boca con falsedades, porque en la vida cotidiana nadie es suficientemente tonto y es evidente que todo lo que el país creció, toda la riqueza ostentada, los billones de dólares de exclusiva ganancia, pues fueron a parar a las manos de unos poquísimos supermillonarios.

Tocqueville dijo hace mucho tiempo que el resentimiento es el motor de la historia. Esa frase es para mí una de las más afortunadas que han emanado de un historiador. Tocqueville creía en la tendencia natural de las sociedades hacia la igualdad, pero (y esto es lo original de su pensamiento) que el despliegue racional de esa tendencia era por completo impredecible. 

Tocqueville provenía de una familia aristocrática. Las cabezas de algunos parientes habían rodado durante el Terror. Sus padres habían salvado sólo porque la de Robespierre rodó primero. Quizá por esto se abstuvo de participar en las revoluciones del 48 y 51. Tocqueville percibía las causas de la ira de la muchedumbre, aunque no compartía la violencia que esta generaba.  Consideraba que las personas, instadas a elegir entre libertad e igualdad, siempre elegirían la segunda, aún a costa de la coacción política. Pero Tocqueville no recomendaba alcanzar la igualdad, porque se generaba en el ciudadano una idea de desprendimiento de cualquier relación con sus semejantes, y esto conllevaba al desmembramiento del sentido mismo de una sociedad.

 Por supuesto, en este último punto, me alejo radicalmente de Tocqueville. Creo que las personas pueden y deber coexistir en condiciones de igualdad absoluta. Tocqueville no consideró algo tan importante para cualquier persona como lo es el respeto a su dignidad, el sentirse parte igualitaria de un todo. Creo que ese respeto es más efectivo y poderoso que mantener encima de esa persona a 50 mil policías y un legajo inacabable de leyes para obligarla a cumplir las demandas de una sociedad injusta. La persona que se siente respetada y digna no hace daño a los demás. Por el contrario, contribuye generosamente a que esa dignidad se mantenga inalterable en todo su entorno.

Ayer, deambulando por los muros de Facebook, me encontré con un furibundo despotrique hacia la sociedad chilena. No conocía al emisor, pero su voz me pareció coherente y refrescante entre tanta bellaquería de baja intensidad. Hoy busqué ese texto, pero el autor ya lo había sacado. Que un chileno hable de la necesidad de un cambio radical en la sociedad chilena y que exponga con claridad las múltiples razones que obligan a ese cambio, pues me parece relevante, una señal a tomar en cuenta, un fósforo que se acerca a la mecha.

Compartí su deseo de arrebatar el poder, de cambiar el orden (aunque decirlo de esta forma parece una herejía. Cambiar un orden por otro orden involucra cortar cabezas e implantar una nueva clase dirigente que devendrá en despotismo y oligarquización). Es un punto a solucionar.

Veo las multitudinarias protestas en las calles de Chile. El clamor preponderante es por la igualdad, la ira desatada es por el robo de la riqueza común, por la corrupción o debilidad del gobierno ante el gran empresariado depredador, por los salarios de hambre, por el secuestro de los medios de comunicación, por la mentira, por la brutalidad policial. El resentimiento parece crecer cada día, muy bien alimentado por la codicia perversa del gran empresariado y la connivencia del gobierno.

 Volviendo a la idea inicial de Tocqueville, todo puede ocurrir, y en el caso chileno, no hay forma de asegurar que la acumulación de tanto resentimiento no devendrá en un estallido social a gran escala.

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