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Manoel de Oliveira, el cineasta inmortal

La primera vez que me acerqué a su creación no fue por su edad o por su historia personal, sino por el impacto visual que me causó una de sus películas.

Más tarde llegué a él, a su vida. Supe que nació en Oporto, en 1908, y que ya en 1931 dirigió su primer cortometraje, Douro, donde mostraba la labor de los pescadores del río Duero.

En 1942 dirigió Aniki Bobó, una especie de obra precursora del neorrealismo italiano.

En El pintor y la ciudad, realizada en 1956, ya queda de manifiesto su predilección por el cine contemplativo, por los planos largos y la teatralidad de los diálogos.


Durante los años de la dictadura de Salazar, hizo escasas películas y uno que otro documental.

Recién a partir de 1975 empieza a filmar de manera sistemática. Benilde, en 1975, y Amor de perdición, en 1979, entre otros filmes, lo consagran como uno de los grandes directores mundiales.

Con la realización de Francisca, en 1981, su ritmo creativo se torna vertiginoso, realizando hasta dos películas por año. 

Ya con más de cien años siguió filmando al mismo ritmo, y en 2010 concreta El extraño caso de Angélica, sobre un tema fantasmagórico que lo venía obsesionando por más de medio siglo.

En 2012 estrenó O Gebo e a Sombra, en la 69 Mostra de Venecia, y aunque fue internado en julio por una insuficiencia respiratoria, su estado de salud ha mejorado.

Conociendo su inquieta trayectoria previa, estoy seguro que a Oliveira ni se le ha pasado por la cabeza dejar de filmar.


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