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Sueño convulso


Mi autocontrol cuando estoy despierto es normal.  Ya en la niñez aprendí a controlar toda exacerbación emocional que pudiese dañar o perturbar a otros. Esto quizá me hace aparecer como una persona amablemente fría. Mi cortesía es honesta, pero sin quererlo también es un escudo muy difícil de traspasar para los demás.

Sin embargo, lo que controlo perfectamente en el día, se descontrola cuando me quedo dormido. Mis sueños son difíciles, convulsos y raros.  Mi mente es un torbellino, un caballo salvaje que al sentirse sin riendas hace de las suyas. 

Suelo monologar dormido, suelo bufar y hasta dialogar con una asombrosa variedad de personajes. A veces me enamoro, me hago daño, me golpean, me matan, me caigo de barrancos, me ahogo, se me mueren seres queridos, sufro como un pelotudo, soluciono fórmulas matemáticas,  camino entre nubes, voy hasta el infierno, abofeteo al demonio, hago el amor (soy un fornicador de  puta madre), y mis escenarios son como películas entremezcladas de Kusturica, Buñuel,  Tarkowski y los hermanos Farrelly. Todo a la vez.

Recuerdo  cuando vivía con Amparo. Fueron buenos años. Amparo solía tener sueños complicados. Para ella el sueño era importante y se enfadaba si alguien la despertaba, pero pocas veces tenía paz. También solía despertar a medianoche llorando porque se le había muerto un ser querido, o porque escapaba de unos asaltantes (en Santiago la asaltaron dos veces, e incluso terminó con heridas cortopunzantes en una mano). En ocasiones daba manotazos en el aire porque otras chicas mucho más grandes y rudas la querían golpear. Sin embargo, lo más habitual en ella es que tuviera intensos sueños eróticos. Se revolcaba en la cama, gemía y hacía movimientos pélvicos acelerados hasta tener su propio orgasmo onírico. Era fascinante observarla en la penumbra.

Luego, durante mis años con Brenda, fui su recurrente abrazador de las madrugadas. Ella me llamaba entre pesadillas: ¡¡Amor, amor!”. Gritaba, a veces llorando, y yo la abrazaba mientras ella aún no despertaba del todo. Al menos sabía que en su inconsciente siempre fui su gran amor y protector.

Tatiana solía tener un sueño más tranquilo, y a menudo despertaba en la misma posición en la que se había dormido. Sin embargo, cierta noche despertó abruptamente y muy compungida porque a su perro le habían cortado la cola. Costó convencerla de que había sido sólo un sueño.

Hoy me sigue costando apaciguar al Mister Hyde onírico que hay en mí. Mis mandíbulas apretadas dan cuenta de ello. Duermo demasiado poco, menos que Napoleón, y aunque mi mente siga medianamente brillante, mi cuerpo me está pasando una factura abultada.

Fotografía: Miles Aldridge

4 comentarios :

  1. Qué vida onírica tan aprovechada Jorge! Yo tuve una temporada que los sueños eran fuentes de relatos, tan intensos, que me costaba confundir la realidad. Finalmente pensé que quizás la realidad también se pasea por los sueños, a su forma.
    Un besazo.
    P.D: se te extraña por las redes pacatas...

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  2. En mi caso lo que me cuesta es decidir irme a dormir, es decir, dejar la cabeza en la almohada y entregarme al sueño. Suelo decir que le temo a la noche cuando en realidad le temo a la soledad nocturna, a mi misma y mis pensamientos conspirativos. A esas horas en que las ganas de vivir se me acabaron me cuesta quedarme en la cama.. Una vez dormida encuentro la paz necesaria para tener un despertar alegre y con ganas de abrazar la mañana con su aroma tan especial cuando Febo asoma.

    Muy bueno, un abrazo grandote.

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  3. Los significados de los sueños se han cuestionado mucho últimamente. A cada cosa mariposa.

    Yo sueño con agua, con ríos, siempre me estoy ahogando.

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  4. para evitar los malos sueños y pesadilas nada mejor que cansarse mucho en el dia

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