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La coleccionista de piedras

Como tantas otras veces hicimos autostop para viajar a mi casa campestre. Era una tarde calurosa de enero y los veraneantes asaltaban los terminales de buses. 

Rocío salió tarde de su trabajo, a la hora en que los últimos buses pasaban llenos a reventar. No nos quedó otra que esperar a un costado de la carretera. Cubría su cabeza con un sombrero de Lady Dy y llevaba puesto el vestidito estampado que tanto me gustaba, ese que dejaba sus muslos al descubierto y que ofrecía una generosa panorámica al intermezzo de sus pechos.

Radiante, con el pelo tomado y su mochilita blanca sujeta al hombro derecho, no bajaba su dedito apuntando hacia el este. No tardó en detenerse una camioneta que iba en la misma dirección. Eran conocidos de Rocío. Iban hacia la cordillera. Nos invitaron a ir con ellos. Pretendían hacer un asado, beberse unos tragos y quedarse hasta el día siguiente. Nos acomodamos atrás, en un rinconcito. Iban como ocho personas más. La lona dejaba entrar todo el viento. Tras dejar atrás San Fabián, nos internamos por caminos pedregosos atravesados por multitud de pequeños riachuelos.

Nos bajamos en el Agua del Ganso, una explanada de arena y piedras gigantes junto al río Ñuble. Algunos se fueron a bañar, otros hicieron el fuego o prepararon la ensalada y la carne.  Los más gorditos, fatigados con el viaje, se pusieron a beber de inmediato.

Con Rocío nos fuimos a recorrer las montañas del norte siguiendo el curso de un riachuelo de aguas cristalinas. Los ruidos de las aves e insectos eran abundantes. Rocío iba juntando piedras de colores. Yo fotografiaba y la disfrutaba visualmente mientras lo hacía. Ella y el paisaje eran un solo cuadro, perfecto y sublime. Fotografiaba también el musgo reseco en las grandes piedras y en los troncos de los robles, fotografiaba árboles muertos volcados por los rodados o convertidos en majestuosas estatuas desnudas. Buscaba aves, mariposas, cóndores, zorros, coleópteros, quizás algún puma o un huemul. Pero mi lente siempre volvía a Rocío. Su búsqueda de piedrecillas era incansable. Se había metido descalza al riachuelo y parte de su vestido lo tenía mojado y apegado al cuerpo. 

Nos habíamos conocido precisamente visitando una exposición de piedras indígenas, tres meses atrás. La geología nos quitaba el sueño. Ella quería estudiar esa carrera en la universidad. Quería prepararse para rendir un buen examen. Yo sólo me contentaba con ser aficionado, aunque quizá estudiase arqueología en el futuro. En realidad en ese momento me interesaban demasiadas cosas, y entrar a la universidad para especializarme en un solo tema era algo que no me seducía. Yo quería todo a la vez. Pero en ese momento quería sobretodo a Rocío, ella era mi objeto de estudio, ella captaba mi mirada antropológica y mis ímpetus de macho cabrío, ella era mi sueño, mi insomnio, mi pesadilla y mi piedra más preciosa. Era blanca como un nenúfar tímido y aromática como el capullo de una camelia, fresca como las lechuguitas que se bañan de amanecida y dulce como un chocolatito artesanal de Bariloche.

La tarde se esfumó entre las sombras. Sólo en las cumbres de las montañas se divisaban los últimos restos de soberanía solar. Rocío ya tenía parte de su mochilita llena de piedras. No sé que haría con ellas. Algunas me parecían muy similares a otras, pero ella me explicaba que eran todas muy distintas y especiales. Me decía que en algunas había pedacitos de esmeralda, de amatista, de cuarzo, de pirita, de oro, de hierro, de granito. Sintió frío. Su vestido seguía mojado. Nos habíamos alejado mucho. Propuse encender una fogata y volver más tarde al campamento. Sabía que aquella noche la luna saldría temprano. 

La fogata se tornó espléndida con tantos troncos secos apilados. Rocío se veía aún más hermosa acariciada por las luces y sombras de las llamas. Me quedaba una Fanta y tres chocolates en mi bolso. Se los devoró como niña hambrienta. La Fanta se la bebió sorbo a sorbo y los bordes de sus labios quedaron anaranjados.

 Sentada en una piedra estiraba en el aire los pies desnudos para que se calentaran. Le cubrí la espalda con mi cuerpo. Le saqué el vestido para que se secara cerca del fuego. Quedó en bombachas y sostenes. Estaba tranquila, contenta, le gustaba el crepitar del fuego, preguntó si rondarían animales salvajes, le dije que en cualquier caso no se acercarían a nosotros. Le besé los hombros y el cuello, intensamente aromáticos con el sudor de la caminata. La terminé de desnudar y la recosté sobre mi ropa. Ya la conocía desnuda, habíamos hecho el amor dos veces, en su casa. Sus padres siempre estaban ausentes. 

La besé con delicadeza. El frío del atardecer cordillerano se empezaba a retirar. La noche imponía su tibieza veraniega. Le abrí las piernas e intenté penetrarla. Una, dos, tres, cuatro veces, se resbalaba. A la quinta lo hice con más fuerza. Rocío lanzó un grito tan fuerte que seguramente más de un búho murió de un infarto. Sin querer la había penetrado por su culito. Evidentemente era la primera vez que alguien osaba acercarse a ese lugar. Intenté calmarla. Seguía adolorida. Nos abrazamos y acabamos riéndonos. No hicimos el amor. Nos quedamos quietecitos viendo morir la fogata y escuchando los sonidos nocturnos del bosque cordillerano.

2 comentarios :

  1. Pasado el susto del título, se encuentra uno con una linda historia. Me gustó.

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  2. Muchos de mis lectores y amigos saben de antemano que en mis relatos aparentemente eróticos no pasará nada relevante, más que tomarse de la mano y disfrutar juntos mirando un amanecer o un crepúsculo. Pero si no pusiera títulos así, no llegaría nadie a leerlos.

    Saludos, Graciela.

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