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Perro mirando al sudeste

Sueño con una gran tormenta. Una que remezca mis sentidos, al estilo de un electroshock. Una que destruya para siempre al monstruo anímicamente oscilante que hay en mí. Ese que me ha causado tantas desdichas y que me ha hecho tropezar con todas las piedras del camino. Estoy en una región donde las grandes tormentas son habituales, o lo eran hasta antes que yo llegara.

 Hoy, desde temprano, han rugido unos pocos truenos amariconados y las escasas gotas de lluvia que han caído no han logrado disuadir ni el polvo que levantan las abundantes motos.

Con Tatiana nos quedamos un rato mirando el jardín de lapachos florecidos.  Es una bella versión paraguaya del florecimiento de los cerezos en Japón. Estallan los colores y un carnaval rosado se apodera de las calles y jardines. Un solitario Pata de Buey, excesivamente podado, exhibe un ramillete de flores blancas en la mitad de su esqueleto. La falta de lluvia no ha impedido esta primavera adelantada. 


El viento sur que antecede a las tormentas sacude los árboles y voltea las hojas secas. Al otro lado de la verja, los chicos salen apresuradamente de sus clases y se marchan gritándose groserías en guaraní. 

Mientras seguimos observando el vaivén de las flores, bebemos un mate con guaraná. Nadie habla. Hasta el perro Toy parece ensimismado mirando al sudeste. Pero no hay nada en el sudeste, salvo nubes grises. 

Tras aspirar profundamente su mate, Tatiana dice que sus sueños sucumbieron de muerte abrupta a partir de los doce años. Que los sueños que le estaban permitidos socialmente, a ella no le interesaba soñarlos, y que desde entonces ha optado por comulgar con la hierbita de la decepción que crece tan fecundamente en todos lados.

Replico que a mí parecer, cada etapa de la vida tiene sus sueños particulares (se me ocurre en el momento y no me parece descabellado). Que desechar los sueños convencionales no es un despropósito por cuanto suelen estar envueltos de egoísmo y supercherías semánticas. Y que en nuestros casos particulares, dada la bipolaridad extrema de nuestros caracteres, esos sueños deben reajustarse minuto a minuto. 

Por ejemplo, prosigo, declamar bajo una tormenta un poema de Pound es un sueño cumplido. Comerse una pera jugosa es un sueño cumplido. Abrir un libro digital de José María Argüedas es un sueño cumplido. Tatiana no asiente mis palabras. Sólo sigue aspirando su mate y mirando la oscilación de los lapachos. Toy, el perro existencialista, sigue mirando al sudeste. Yo abro el notebook y cumplo el sueño reciente de escribir este breve texto sin sentido.

2 comentarios :

  1. La lluvia pone existencialista a mis loritos y dejan de hablar, sule suceder.
    Buen texto, sus reflexiones me empapan por completo en un sentido placentero y muy agradable.
    Abrazos.

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  2. Bella reflexión. Sí, cada día la vida parece tener menos sentido, y más sentimiento… . Abrazos Jorge

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