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Hasta que se apague el canto de la cigarra

 Hoy temprano, tras dejar a mi hija en su colegio, sentí que manejaba sobre una alfombra aterciopelada. A la par que avanzaba dejé de sentir toda vibración, todo ruido, como si me encaminase hacia un plácido cielo. Iba algo rápido, quizás a cien por hora, pero los que me adelantaban iban mucho más rápido. La radio, a todo volumen, expandía la voz romanticona de Phil Collins. Me recordó mi noviazgo adolescente con Amparo, me recordó la laguna Quirel con sus botes podridos en las orillas, cubiertos de hojas secas y coquitos de eucaliptus, me recordó nuestros abrazos, nuestros jugueteos y lágrimas, me recordó su boca y su sexo desnudo acariciado por la luna.
Entonces, creía subir cada día los peldaños de una escalera normal y pensaba, casi con convicción, que conseguiría grandes cosas en la vida. Pero cuántos años han pasado.
Cambié la radio hasta escuchar los acordes de Philip Glass. Allí la dejé. Eso no me recordaba a nadie ni me provocaba a detonar mil bombas ante todo lo que se me cruzara. Mi carretera alfombrada se acercaba a una curva cerrada pero no disminuí la velocidad. Pensé como tantas otras veces que bien valdría estrellarme y borrarme de este universo tan particular, pero son sólo pensamientos de alguien que maneja completamente solo en las mañanas. Por lo demás, a cien kilómetros por hora quedaría casi ileso.

Ya al salir de la carretera e ingresar nuevamente en la ciudad tuve que disminuir la velocidad. Allí no puedes jugar al manejo ciego sobre las alfombras del patíbulo. Hay personitas y perritos que cruzan intempestivamente en cualquier lugar y no pueden ser embestidas, aunque muchos lo hacen y los atropellan y matan y luego se escapan.
 Seguí subiendo la colina hasta llegar a mi casa. Me detuve y observé mi rostro en el espejo retrovisor: mi cara con la barba muy crecida, mi suéter negro, mis cejas gruesas apuntalando el rictus del cinismo, mi mirada de fiera jamás enjaulada, todo me hizo comprender una vez más que me desplazo sin freno hacia el extremo de la balanza, allí donde sólo conviven los temperamentales Robespierre, esos que tienen predispuesta su propia guillotina aún antes de nacer. Miré el calendario digital, es jueves, un jueves más. Estoy despedido. Mi propia empresa personal no despega. Mi relojería sigue desorientada. Quizás la arregle y la utilice antes de que sobrevenga otro jueves. ¿Qué haré hoy? Avanzar en muchas cosas (siempre me miento de la misma forma) ¿Veré a alguien? ¿Llamaré a alguien? ¿Alguien me espera? Sigue siendo jueves, segundo a segundo, minuto a minuto, mediodía, tarde y noche, un jueves eterno en el que me seguiré mintiendo hasta que den las campanadas de la medianoche.


Fragmento de mi novela EL odio, una novela que no apunta a un final, que se escribe sin ficción, sin predisposición, en lo posible sin artilugios, que más bien crece deletreada por el piloto automático de las circunstancias, una novela que de seguro se apagará con los últimos acordes de la cigarra.

2 comentarios :

  1. Recuerdo que mi hermano solía tomar el auto para conducirlo erráticamente cuando estaba molesto. Manejar para él era una de las pocas formas de expresarse en su silencio inquebrantable. A pesar de saber que estaba furioso mi madre nunca le negó esa posibilidad, pues sabía que en ese acto de catársis estaba activa su conciencia y no provocaría daño alguno. Muchas veces me tocó acompañarlo en esas travesías, muchas veces contemplé desde mi propio silencio sus gestos de fastidio con la vida y sus inseguridades. Elucubré desde el asiento trasero las razones de sus molestias pero jamás hizo mención a alguna. Me atrae este relato porque expresa un detrás de escena que me toca personalmente y me hace perderme en mis propios pensamientos... y terminé perdiéndome por el camino, en la ruta hacia ningún lado. A mis treinta años no sé a dónde iré, dónde me conducirá la vida. Quisá sea el momento de aprender a manejar. Será ese mi propósito de año nuevo, falta un poco pero lo tengo decidido.

    Muy bueno, un abrazo querido amigo.

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  2. En el behind the scenes se suelen cocer las verdaderas habas, Lorena. Frente al volante no existe más que el hombre y su opción por la vida o la muerte.

    Un fuerte abrazo.

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