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Manzanas en el suelo

Empieza a hacer algo de frío. La ráfagas de viento se vuelven recurrentes y traen aromas de frutas que se pudren de tan maduras. Las nubes ya no abandonan las cumbres y en las mañanas se abalanzan hasta las tierras bajas. Siguen cayendo castañas y manzanas mientras las avispas zumban sobre el festín.

Es domingo. Un domingo cualquiera. Un domingo sin misas, sin gritos, sin gente, sin descanso, sin expectativas. Aprovecho la mañana para ver comedias bobas en Warner. Luego del almuerzo, mamá tomará el relevo del control remoto y no lo soltará hasta que el sueño la derrumbe.

El frío nos ha llevado a encender la chimenea y la cocina a leña. La tetera pronto hierve y es momento de preparar un mate amargo con hojas de cedrón.

Miro mi pequeña biblioteca campestre, la única que aún conservo, y de verdad quisiera verla con el amor de antes, con el amor y entusiasmo infantil que me generaban todas las bibliotecas. Saco libros con desgano y ningún comienzo me atrapa. Algo de literatura chilena: Salvador Reyes, Eduardo Barrios, Marta Brunet. Todo me parece un asco. Rastrerismo cultural. Que pobre es la literatura chilena. Montaña Adentro es una basura escrita por una terrateniente ociosa. Dejo esos libros en su sitio. Quizás nunca los vuelva a sacar.

Leo artículos en diarios viejos, una amigable reseña de Bolaño a las obras de César Aira. También abraza a Pitol. En otro diario, una referencia a una violación en Sexus que no recuerdo, porque lo leí hace tiempo. Quizás andaba un poco borracho. Sí recuerdo los crudos diálogos de Nexus. Henry Miller me atrapó por varios años. 

Los perros juegan a mi alrededor, atolondradamente. Me pasan a llevar. Quisiera reírme. En otro tiempo me habría reído. El sol se escondió hace rato y las nubes anuncian nuevos chubascos. He recogido manzanas caídas con la última ráfaga y las he puesto sobre la larga mesa bajo el parrón. Son cientos, de distintos colores. Las dejo allí sabiendo que no hay nadie que se las coma. Sólo quiero verlas y olerlas hasta que alguien se las obsequie a los cerdos.

3 comentarios :

  1. los cerditos, merecedores de la fruta caída. abrazos jorge muy bueno.

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  2. Bellamente triste. ¿bello y triste? Sí, esa combinación existe y es perfecta si quien hace la mixtura tiene el talento para saber la medida exacta de cada una. Ud la tiene, ya lo creo! Lo leo y logra ponerme triste, triste por ud en su desamparo y triste recordando el mío... Así como ve esas manzanas podrise me recuerdo como es mi transitar por esta vida: percibo desde mi puesto todas la bondades y no puedo darle un mordisco porque me faltan ganas.

    Me encantó, un gran abrazo. Cuidese muchoo!

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  3. Esa es la parte menos dulce de los recuerdos de la vida, cuando éstos están al alcance de la mano y no sólo en nuestra memoria: que nosotros evolucionamos (o involucionamos, no sé) y cambiamos con los acontecimientos de nuestra propia vida mientras que los recuerdos de las sensaciones que nos produjeron olores, sabores, besos, lecturas, paisajes o personas ya nunca serán las mismas.
    Bellísimo relato Muzam que me retrae a otra época de mi vida y me devuelve el regusto a otras manzanas que ya nunca más cogeré del pie del árbol donde cayeron para comerlas llenas de rocío.
    Un abrazo.

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Cuadernos de la Ira de Jorge Muzam is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivs 3.0 Unported License.