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Demasiado por hacer

A medida que avanzan los días, mis sueños van experimentando un reajuste hacia una forma muy personal de realismo. Desde pequeño nunca añoré tener cosas materiales. No añoré el Atari de mi amigo, ni la bicicleta de mi otro amigo, no deseé tener mucho dinero para comprar muchos Ataris y muchas bicicletas y helados y caballos y autos y esas cosas. Honestamente, nunca me interesó tener absolutamente nada, porque tener significaba apropiarse de algo, y el sentido de propiedad no llegó a incubarse en mi forma de ser. ¿Ascender socialmente? ¿Construirse una posición respetable? ¡Qué porquería! Yo ya era respetable al nacer.



Este pequeño gran jefe Sioux de los setenta y ochenta, caminó por praderas libres, cabalgó amigablemente sin montura, se sorprendió con la rapidez de los peces en el agua y saludó silenciosamente a todas las aves que cruzaron su cielo.

Aunque tampoco fui un santo, pues recuerdo haber cometido un crimen a los seis años.
En aquel entonces teníamos muchas gallinas. Probablemente unas 200. Parte de su crianza me correspondía a mí. Una de mis obligaciones era actuar de delator de gallinas cimarronas que hacían sus nidos lejos del lugar predispuesto. Me tocaba también alimentar a los pollitos que iban naciendo, mantenerles sus minúsculos abrevaderos con agua, defenderlos de las plumíferas cuando eran malas madres y guardarlos en lugares protegidos en las noches. Al llegar cada nuevo agosto, mamá dejaba a una veintena de gallinas empollando sus huevos, porque era lo que ella podía mantener en nuestro campo. Las siguientes gallinas que se encluecaran, eran amarradas a un poste y, de paso, se les solía mojar brevemente en una acequia para que se les pasara la tontera, como se decía en aquellos años.

En una ocasión en que estaba solo, me encontré a unas de estas cocorocas echada en un nido vacío. Para ahorrarle trabajo a mi mamá, la tomé con dificultad y no con toda la colaboración necesaria de parte de la gallina, y la llevé al riachuelo a darse un refrescante baño de realidad.

Entonces, no conocía el aguante de una gallina bajo el agua, y cuando la saqué a la superficie la gallina no reaccionó. La sacudí un poco pero la gallina se había dormido profunda y definitivamente.

Cuando mamá lo supo, me dio una frisca ejemplarizadora, por lo que el crimen no quedó impune.

El hecho es que hoy sigo planeando a ras de suelo, mis alas no quisieron extenderse por voluntad propia, porque volar sobre el resto careció de todo sentido para mí.

Y sin embargo quiero hacer tantas cosas aún, tengo planes descabellados, ambiciosos, exorbitantes para un futuro que ya no existe, porque me encuentro amarrado con nudos ciegos al patíbulo.

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2 comentarios :

  1. Los sueños son como los amigos no hay que esperar mucho de ellos pero al final sorprenden gratamente.

    Las gallinas me resultan muy afines, mi abuelo administraba una quinta con muchas gallinas ponedoras y siempre me moví por ahi como gallina clueca... (en el fondo soy una gallina clueca)

    Muchos Saludos
    AOc.

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  2. Suelo soltar por ahí que no tengo sueños, desde pequeña renuncié a muchos finales anunciados de "buena" vida para una persona que podía dar más de lo que quería. Malos me parecían tantos buenos augurios, pues aquello que realmente deseaba no había cómo adquirirlo en un mercado.. ¿Para qué iba a querer someterme una vida que me cargaría de cosas? Mi decisión fue mirar al cielo y volar como podía.. imaginando. Pasaron muchos años de aquello, se viven las consecuencias cuando te recuerdan por qué cuesta tanto dar medio paso en la vida social, pero no me importa nada ser parte. Por suerte sólo debo cargar conmigo misma y un par de chucherías que puedo tirar por el camino si me canso al andar...
    Me quedan por hacer..? Muchas cosas. Demasiada, la más importante es aydar a los que quieren hacer mucho más que yo.

    Bellamente narrado y me encanta porque es rebelde pero a su vez muy tierno.

    Saludos.

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