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Pateándole el trasero al invierno


Repaso las escenas de invierno en mis recuerdos literarios. Una brisa gélida arranca el sombrero de Ana Sergueyevna en La dama del perrito, de Chéjov. Desde la boca del Doctor Zhivago se escapa el vaho de su desesperación ante el triste espectáculo revolucionario. Los abuelos de Charlie comen sopa de coles, acostados en sus camas para conservar alguna pizca de calor en sus cansados huesos. Las escenas se suceden sin orden autoral ni cronológico. 

Recuerdo que en los anaqueles de la biblioteca de mi abuelo Enrique, en San Carlos, había una novela de muchas hojas titulada Golondrina de invierno, de Víctor Domingo Silva. La leí desprolijamente, porque me intimidaba su extensión, pero sé que era una historia de amor entre un campesino y una jovencita urbana, hija de millonarios. Eran muy jóvenes. Jugaban en las acequias, en los montes. El le decía golondrina, porque al concluír cada verano ella se marchaba a la ciudad. Hasta que una vez ella volvió en invierno a quedarse definitivamente con él.

Intento darle una mascada a Chuck Palahniuk, pero no acaba de convencerme con su Diario. Es un efectista que no sabe recubrir su efectismo, como un niñito mimado jugando a causar asco con triquiñuelas baratas.

Me entretuve mucho más con los Fragmentos del Nuevo Mundo, de Américo Vespucio. Allí sí se percibe el asombro, el miedo, la expectación, la lujuria de quien arriba a un mundo completamente desconocido. Hay pulso, hay ritmo, hay sangre bullente, hay vida.

He estado metiendo mi nariz en diversas religiones. Comparo, anoto, confronto. Husmeo incongruencias, aprovechamientos, funcionalidades. Pretendo escribir un ensayo importante al respecto. 

Me he sorprendido leyendo sobre las atrocidades de los ustachas croatas en contra de los serbios católicos-ortodoxos. El autor, Rafael González Berdugo, si bien no escribe muy bien, aporta datos relevantes a la comprensión del proceso. Mis fuentes hasta ahora no habían sido tan claras para precisar ese genocidio. Ya escribiré algo sobre eso.

En los intertantos, sigo leyendo y disfrutando a Paul Johnson y su percepción del expansionismo japonés, que me parece una de las más afortunadas hasta ahora. Hobsbawm, por su parte, no se inmiscuye en las causas desencadenantes, sino en algunos de sus efectos, pero su visión global resulta acertada.

En los minutos en que logro patearle el trasero al frío invernal, saboreo un conjunto de retratos de Jorge Teillier. Amigos, familiares y conocidos aportan con fotografías, anécdotas y sus propias visiones de los momentos compartidos junto al poeta. Rescato este breve fragmento de uno de sus poemas:

“Tú sabes que veo el sol y la muerte viajar juntos
tú sabes que siempre hay un cuarto que no debe abrirse
y que el viento de pronto apenas se atreve a hojear los trigales
por miedo a encontrar un sol más oculto…”

(Jorge Teillier, Poemas Secretos, XVI)

1 comentario :

  1. Sofía8/7/11

    Una vez un buen amigo me llamó su golondrina de invierno, acostumbrada a sus continuas referencias literarias para rebautizarme busqué esta obra. La encontré enterita en un site cultural de chile. Era larga pero la leí con mucho gusto por la obra en sí y porque supe qué signifiqué por aquel entonces para él.

    Golondrina de invierno
    de Domingo Silva-

    - ... mi Golondrina...
    - De invierno...
    - Sí, porque ha venido cuando hacía más falta...
    - Ha cumplido su promesa.
    - Pero, ¿no se irá ya más? ¿Se quedará aquí la Golondrina?
    - ¿Para qué lo pregunta? Demasiado lo sabe ya...
    - ¿Sí?
    - Si.

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