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La pistola de agua


No, no iba a levantar las manos. Aquellos gritos ya no le intimidaban y esa pistola en su mano seguía apenas alzada hacia un punto impreciso. Ellos seguían llegando y ya conformaban un verdadero ejército de policías de elite apuntándole. Rostros rabiosos con gafas se parapetaban tomando posición de combate. Se sucedían los gritos, las carreras, las bocinas y él ahí, a escasos metros del palacio de gobierno, perplejo ante tanta parafernalia y sin decidirse a tomar actitud alguna.


Jorge intuía, desde algún tiempo atrás, que su sola pistola de agua podría desencadenar tamaño operativo. Era atarantado pero no ingenuo. Sabía que era peligroso, que podía costarle hasta la vida, pero en ese momento no podía explicarse por qué no le importaba demasiado. Tenía miedo a morir, no cabe duda, pero en la escala de prioridades del pensamiento la muerte estaba relegada a una posición desventajosa.

Es sólo un juego, se repetía a menudo. Esos estúpidos no dispararán, ¿y si disparan?, no, no dispararán, la prensa puede verme de cerca, ellos mismos pueden verme y son expertos en armas, saben que esto es de juguete, pero ¿por qué no quieren negociar? ¿por qué no se abalanzan simplemente?

Solía pensar que de hacer algo así no perdería la oportunidad de lanzar improperios a todo pulmón. Vaya que lo sabía, aventar cabezas de pescado hasta cansarse era una gran terapia. Quizás, hasta fuera un día de suerte y el propio presidente Frei se asomaría por curiosidad al balcón de la Moneda.

Se le ocurrió que los gritos policiales eran una demostración de júbilo, de fanatismo hacia su persona, que él era el número estelar de un show y que esas armas, llegado su momento, dispararían al viento bengalas multicolores que darían el toque carnavalesco a su acto. Le pareció cómica esa impresión.

Intentó sentarse. Sintió nuevamente los griteríos desbocados y hasta creyó oír el roce de los dedos acariciando los gatillos. No le importó, esas fieras histéricas no lo iban a amilanar y se agachó hasta quedar sentado con las piernas cruzadas.

Miró a su alrededor, a ese torbellino de colores y formas. Buena parte de los ociosos que deambulan por el centro de Santiago estaban allí: los administrativos sacadores de vuelta y las secretarias calentonas, el lumpen disfrazado de oficinista, vejestorios barriguientos, bebedores de café con piernas, miles de peruanos tristes haciendo saudade ante la multitud, algunos gringos y asiáticos despistados, vendedores de películas piratas, lanzas, rateras, vagos, putas y alimentadores de palomas.

El sol del mediodía empezaba a quemar. Jorge tomó su bolso y lo abrió. Tres disparos al aire por parte del jefe de los policías fueron la advertencia perentoria y final. Tras escarbar sacó una botellita de bloqueador solar cuya crema esparció con prolijidad por su nariz y sus brazos. No quería enrojecer demasiado ni volverse a despellejar.

Pensó en mamá, ajena a todo lo que sucediera en el exterior de su cocina. Estaba preparando un almuerzo que humeaba esencias de albahaca y tomillo. Jorge sintió hambre de comida materna, esa que no puede saciar ninguna comida de restaurant ni de supermercado ni hecha por otra mujer. La lejanía había convertido a esa hambre en una carencia dolorosa, en un dolor de estómago permanente.

Tras algunos minutos de silencio, ciertas imágenes y sensaciones se empezaron a agolpar en su mente, imágenes antiguas, tonos y ruidos bajo las enormes montañas andinas en primavera, montañas verdeazuladas, con sus cumbres ocultas entre las nubes, y muy cerca, la chicharra musicalizando la siesta bajo la sombra de los encinos; más allá una batalla de ciruelazos entre hermanos, escobillas restregando ropas grises, manos que espantan avispas y un fogón humeante oloroso a pan caliente. Hay paredes negras de hollín, duraznos remaduros  y escozor en la piel por el roce con la maleza seca. Ladran perros, todos los perros que alguna vez ladraron amigablemente, ladran persiguiendo a las gallinas, Jorge va a la siga y sus pies desnudos se hunden en el barro. La mesa de roble bajo el parrón de uva negra está llena de comenzales. Manos sufridas van depositando la cazuela con tomillo y cordero, el tomate a la chilena se disgrega ensartado en tenedores de plaqué, hay choque de copas, salud y bendiciones, algunos gritos de júbilo y abundantes maldiciones para el gato que se sube a la mesa, lame los platos y se roba el pan. Gato conchetumadre, grita Jorge tras lanzarle un chorro de agua desde su pistola de agua...

Pronto sólo quedó el rostro pálido de Amparo. Seguro me ha visto en la televisión o alquien le ha avisado y ya viene en camino, se confortó Jorge. Mi adorada Amparito, nunca pude estar a tu altura, nunca hice nada para merecerte pero todo me lo perdonaste. Cómo quisiera tenerte en este momento para pedirte nuevamente perdón y decirte cuánto te he amado.

Las amenazas se intensificaron cuando metió nuevamente la mano al bolso para sacar una botella con agua. Pese a estar tibia la bebió hasta saciarse. Miró las caras de los policías y se preguntó por qué estarían tan enojados, si bastaba que estuvieran allí, dispuestos a disparar, pero sin la necesidad de tanta fiereza. Recordó frases, eslóganes que se repetía a sí mismo y con los que se intentaba envalentonar cada vez que se había decidido a realizar ese acto. Sin embargo, siempre encontraba un pretexto para posponerlo. A veces era el olvido de la pistola, la barba muy crecida, la polera inadecuada o porque no tenía muy claro qué iba a decir. Sabía que esas eran pequeñas frivolidades que iban en contrasentido con sus ideales, pero también sabía que sus ideales, en el fondo, le importaban un rábano, que él no era un tipo de convicciones profundas y que el acto en sí le importaba porque lo consideraba tan absurdo como divertido.

Pero ahora estaba ahí, por fin lo había hecho. Sabía que no había muchas esperanzas para un desenlace positivo, la policía no suele perdonar jugarretas y no tenía ánimo de pensar en alguna estrategia para salvarse.

Desde los diferentes edificios y calles circundantes se asomaban incontables curiosos. Se había establecido un extraño silencio, el tránsito había sido desviado, no había bocinazos, ni ladridos, nadie alzaba la voz y solo unos pocos murmuraban. Los policías habían dejado de amenazar y parecían aprestarse para acabar pronto con la función.

Jorge empezó a sentirse extraño. Se incorporó desde la multitud, como si fuera uno de ellos y se vio infinitamente solitario. ¿¡Qué chucha hago aquí!?, se reprendió. Una autoconciencia extrema se apoderó de él y por primera vez tuvo miedo. Bajó el rostro y su mirada chocó con el duro y recalentado cemento. Pronto el cemento desapareció y fugaces destellos comenzaron a sucederse desordenadamente en su mente.

Se vio a sí mismo muy pequeño y entumido cargando un saco de carbón en una fría mañana de invierno; sintió que alguien le rascaba la cabeza, sí, era mamá, y él estaba cobijado entre sus piernas, protegido, querido, aprovechándose de esa paciencia infinita, pero llovía mucho, qué delicioso era mojarse y desafiar el temporal, aunque el viento con prepotencia lo empujaba apurándolo a cualquier parte, y todas las partes estaban tan lejos como aquel lugar al que se dirigía en tren, sí, ahora estaba más grande, iba con miedo pues no sabía qué le esperaba ni exactamente a qué diablos iba; sintió el hambre, el frío y la soledad de Santiago, esa enorme ciudad mezquina y peligrosa; pero Amparo también estaba allí, en algún momento apareció iluminando al resto de la ciudad, vio sus piernas abiertas y más allá su rostro jadeante, sintió sus manos, algunos arrumacos, oyó consejos, probó sus choclos con margarina, y reacomodaron juntos la pieza barata de paredes rotas. Tras la luz vino el silencio, la incertidumbre, la rutina sexual, las billeteras vacías, el pesado periódico con avisos, el vestón con coderas, la corbata de Mickey, la carpeta roja y el currículum de cuatro hojas, cada día exhibiendo una nueva invención, el ridículo currículum con el que nunca logró convencer a nadie, en esas calles, esas eternas calles plagadas de rostros fríos, de rostros autistas, de rostros agresivos y multitudes desesperanzadas, fervorizadas, expectantes y también estaba ella, sí, era Amparo que sobresalía entre la multitud intentando desesperadamente avanzar. Jorge sintió una inusitada alegría al verla y quiso hacerle alguna señal.

Olvidó que él no era parte de una multitud, que él no escaparía a ninguna mirada y levantó el brazo para saludarla.

Un sonido seco, luego un ardor en su estómago y luego muchos ardores y lentamente cayó hasta quedar con su mirada fija en las nubes bajas que cruzaban el centro de Santiago.

Oyó nuevamente gritos, carreras y bocinazos, pero no sintió dolor, deseó incorporarse pero no encontró respuesta en su cuerpo, hasta intentó imaginarse que era un juego, que se estaba haciendo el muerto y que pronto se levantaría para seguir jugando, como cuando eran soldados en el campo junto a sus primos y hermanos y las armas eran unos desparejos rifles y metralletas de palo y las granadas unas enormes manzanas verdes que dolían como condenadas. Pero ahora el cuerpo no respondía.

Una suave caricia se deslizó por su mejilla y algunas gotas cayeron sobre su rostro y su boca. Eran saladas y calientes, lágrimas de Amparo sin duda, pero ya no podía averiguarlo, ya no podía ver ni preguntar nada, ya no podía pedir perdón ni explicar la razón de su accionar, sólo podía sentir esa mano acariciando su mejilla mientras una nube luminosa se iba obscureciendo poco a poco.

Fin

Selección de narrativa Taller José Donoso. Dibam, Santiago de Chile, 1997.

Imagen: César Galicia

Comentario del autor:  Mi primer cuento. Al menos el primero que recuerdo. Lo postulé al Taller José Donoso, allá por el 96. Afortunadamente me permitió quedar seleccionado junto a otros quince narradores de todo Chile. Fue la única vez que se convocó a un taller de ese nivel. A los seleccionados se les permitió optar entre Carlos Cerda o Carlos Franz. Yo opté por el primero. Carlos Cerda era una tremenda persona, erudito, generoso, a veces demasiado sentimental (hasta en sus novelas sobreprotegía a sus personajes). Me fui pronto. Fue una experiencia interesante. No sé que fue de los otros muchachos. A algunos los he visto de guionistas televisivos. Otros han publicado novelas que espero leer. Ni antes ni después participé en otro taller. Preferí construirme solitariamente como escritor. Este cuento hoy lo encuentro imperfecto, de principiante, pero no dejo de tenerle cariño. Fue el primero.

2 comentarios :

  1. MA-RA-VI-LLO-SO !!!!!!!
    Todo Jorge Muzam en un relato...
    Estás en la ficción, tus ideas, tu amurramiento, nostalgia, manera desesperada de amar, y tu querida niñez de San Fabián de Alico.
    El desterrado y autoexiliado citadino rodeado de cemento impenetrable. Felicito este primercuento, gracias por compartirlo!!!

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  2. Como Luisa De Rokha ,digo que me parece estupendo...no le encuentro las imperfecciones, no puedo decir que retrata al autor pues no lo conozco personalmente y se trata de una ficción y la leo como tal,pero si coincido que ese perfil ya leído en otros relatos , hallo esos rasgos de hombre ,niño, y adulto que siempre exuda sentimientos opuestos...y una historia original con trasfondo múltiple...para ser el primer cuento ,vaya qué inicio más certero de valores literarios...saludos,Jorge.

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