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Ensayo de prólogo para una nueva historia de Chile


Tuve el privilegio de tener como profesores en la Universidad de Chile a los mejores historiadores chilenos de la segunda mitad del siglo XX. Pude hasta darme el gusto de elegir entre uno y otro Premio Nacional a la hora de tomar mis seminarios.
 Entre ellos estuvieron el americanista Osvaldo Silva Galdames, los etnohistoriadores Leonardo León, Jorge Hidalgo y Eduardo Téllez Lúgaro, el marxista Luis Vitale, el marxólogo Gabriel Salazar, el colonialista Sergio Villalobos, el elucubrador Alfredo Jocelyn-Holt, los orientalistas Sergio Melitón Carrasco y Jaime Moreno, el arabista Eugenio Chahuán, el experto en historia económica y social del mundo andino Eduardo Cavieres y tantos valiosos académicos más. No nombrar alguno es una gran injusticia, pero no es lo que me mueve en este momento.
Cada uno de estos historiadores ha contribuido con sus propias líneas investigativas a darle coherencia y firmeza a la historiografía chilena y americana. Les guardo un profundo respeto y agradecimiento, pese a que con los años he llegado a discrepar con algunos de sus puntos de vista. 

Si bien el tiempo es un apaciguador de las efervescentes construcciones mentales de juventud, hay ciertos lineamientos profundos que perduran vertebrando la prudencia reflexiva de la adultez.

No desmerezco a ninguno, pero creo tener elementos nuevos que aportar, una mirada autónoma, una refracción necesaria de las multiples miradas que contribuyeron a construir mi pensamiento. Debido a esto escribiré mi propia versión de la historia chilena y latinoamericana.

 Agradezco también a Eric Hobsbawm, ese genial historiador inglés, verdadera linterna mágica que me ha conducido por accidentados vericuetos históricos sin tropezar demasiado. A Marc Ferró, por abrirme los ojos ante una infinidad de fuentes novedosas. A los también ingleses Leslie Bethell y Simon Collier  por clarificar los procesos de la historia americana y chilena, y finalmente a Edward Palmer Thompson, por su abarcador análisis marxista de la historia.

La particularidad de mi trabajo radicará en el intento de sistematizar el estudio de los procesos chilenos a partir de los contextos latinoamericanos. No habrá exaltaciones territoriales, laudatorios inútiles ni palabrerías patrioteras. No es mi intención forjar idealizaciones a partir de pie forzados. Tampoco pretendo exaltar una visión crítica o marxista sobre una conservadora o positivista. Nada desdeño, nada rechazo a priori, no tengo que defender ningún interés de clase ni gremial, y aunque escribo desde abajo, desde la clase trabajadora, no pretendo que mi emocionalidad protectora entrampe o enturbie mi labor. Al menos no excesivamente, porque deshacerse de nuestros motores emocionales es tan deshumanizador como imposible. En definitiva, no hay más que el deseo de ajustar otro tanto los tornillos de este mekano analítico. Sin embargo, no podré prescindir de mi conocido estilo. Mis lectores y amigos ya conocen mis muletillas, mi aire divagador, mi sentimentalismo, mi astucia para auscultar la laboriosidad de los roedores de la manipulación, mis giros sorpresivos, mis actitudes kamikazes... 

Mi espíritu anarquista me impide cronologizar la historia en cuestión. Más bien empezaré y terminaré en cualquier parte. Una amable secretaria de largas piernas y un buen índice le facilitarán la tarea a los lectores.

Será una historia esencialmente reinterpretativa, revisionista y enrostradora. Mis estudios lingüísticos contribuirán a reforzar mi coraza cuestionadora de conceptos difusos.

Puedo presumir de haber sido un actor histórico secundario en momentos relevantes de nuestra historia, más bien un extra involuntario en ciertas etapas de recalentamiento social. Jugué en las acequias campesinas de la precordillera de Ñuble en el epílogo del inquilinaje, me volví un legumbrero a la fuerza con los estragos de la depresión del 82 y observé con más curiosidad que espanto las piedras, balas, palizas y muertos de las protestas ochenteras que intentaron al menos complicarle la gobernabilidad a Pinochet.

Puedo también ostentar mi crecimiento intelectual de la mano de los viejos volúmenes de preparatoria de la época de Aguirre Cerda y de las axiladas (de tanto circular bajo los brazos) revistas opositoras a Pinochet: Apsi, Fortín, Análisis, La Bicicleta, El Siglo, Pluma y Pincel, Punto Final y Cauce.

Luego de los necesarios clásicos literarios y de gravillarme la piel con el boom latinoamericano, caminé conmovido, perplejo y excitado por el sendero más sombrío que luminoso del realismo sucio norteamericano y el hiperrealismo japonés.

No hay muchas cosas más que ostentar, quizás alguna vez le ayudé a alguna abuelita a cruzar la calle, pero podría no ser así, sino la acción de  alguno  de los abundantes personajes que han transitado ante mis ojos, enredándose en la intertextualidad de los recuerdos. Pese a este comentario difuso, reconozco que siempre me gustó meterme en las patas de los caballos, enfrascándome en continuos duelos y agresiones.

Es por esto mismo, por tener la tendencia a hacer lo que otros no quieren o no se les ocurre hacer, o por hablar donde se supone que nadie debe hablar, o caminar donde nadie suele caminar, o molestar a quien nadie se atreve a molestar, o no seguir las reglas que otros han estipulado y ser en definitiva un porfiado escritor sin riendas, es que me he volcado en este escrito de impredecibles consecuencias. 

He pasado hambre, sed, inseguridades y me embarga el odio y el resentimiento hacia muchas personas y grupos, por lo que puedo considerarme aún un sujeto histórico calentado al rojo. No obstante, tengo perfecta conciencia de ello, por lo que puedo combatir a cada paso mi termocefalismo con la (al menos pretendida) rigurosidad histórica.

Los puntos de vista de los análisis serán diversos, y en lo posible exhaustivos. Dada mi facilidad narrativa, probablemente algunas instancias demasiado difusas serán parchadas con el ADN de mis palabras, pero se le avisará oportunamente al señor lector.

Un aspecto importante, sólo para mí, es que me permitirá rehidratar ciertas lagunillas que quedaron en mi formación universitaria, dado mi carácter tan proclive a la distensión, al parloteo, a la divagación y la farra. Igualmente, debo confidenciar que en muchas cátedras estaba más pendiente de la forma que del fondo. Me extasiaba contemplando la seguridad expositiva de algunos profesores, sus gesticulaciones, la forma de vestirse y de desplazarse, pero escasamente reparaba en el fondo de sus aseveraciones. En otras ocasiones, sólo reparé en los escotes y las piernas de mis compañeras chilenas y extranjeras. No siempre fue así, pero sin duda que me arrepiento de no contar en mis anales mentales con varios puntos de vista, que muchas veces son más clarificadores y luminosos al ser expuestos en una clase que transcritos a libros.


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3 comentarios :

  1. "Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengamos historia, no tengamos doctrina, no tengamos héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como una propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas." RODOLFO WALSH // Por eso mismo que dice Walsh yo creo que hay que hacer una nueva historia en cada oportunidad que tengamos. Muy bueno, lo felicito.

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  2. ‎"Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengamos historia, no tengamos doctrina, no tengamos héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como una propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas." RODOLFO WALSH // Por eso mismo que dice Walsh yo creo que hay que hacer una nueva historia en cada oportunidad que tengamos. Muy bueno, lo felicito.

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  3. "Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengamos historia, no tengamos doctrina, no tengamos héroes ni mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiv...a se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como una propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas." RODOLFO WALSH // Por eso mismo que dice Walsh yo creo que hay que hacer una nueva historia en cada oportunidad que tengamos porque la que tenemos ahora la escribieron los que ganaron. Ud me entiende.

    Muy bueno, lo felicito.

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