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Orietta

El colegio siempre me pareció un injusto Alcatraz para niños. Qué feliz hubiese sido sin nunca pisar esos salones, sin perder allí todo el tiempo que perdí y donde no aprendí nada relevante, salvo a sentir temor y a empequeñecerme como persona. 

Lo único bueno que recuerdo de esos años perdidos fue un amor de infancia. Orietta era una candorosa morenita de mirada risueña, anteojos redondos, cabello oscuro y tan delgada que casi carecía de existencia física. Había llegado desde Santiago junto a su familia, arrancando de los estragos causados por la crisis del 82. La familia Castro no había tenido demasiada suerte y sólo buscaba un lugar en el mundo donde asentarse definitivamente. La pequeña Orietta era la hija menor y por la gracia del destino se convirtió en mi compañera de curso. 

A los pocos días de su llegada ya éramos amigos y de allí a pololear no pasó mucho tiempo. Nos entendíamos bien, jugábamos al pillarse y a las manitos calientes. Durante meses fuimos sólo los dos y no permitíamos que nadie más se entrometiera en nuestro mundo. Dejé de jugar al fútbol y a las topeaduras en los arenales traseros. Mis amigos me miraban con extrañeza, a veces me molestaban y muchos rumoreaban que me había vuelto un marica. De ser un buen luchador en los arenales me había transformado en un romántico galán de diez años. Pero la salud de Orietta era demasiado frágil y continuamente se ausentaba por largos períodos para tratarse en los hospitales de Santiago. Extrañaba tanto a mi primera alma gemela.

 Recuerdo muchas tardes de invierno neblinosas y escarchadas, o bajo el inclemente aguacero de los temporales, en que pasaba frente a su casa y me detenía a mirar hacia el interior a través de una diminuta ventana de madera forrada con nylon. Adentro sólo podía adivinarse el pestañeo de una vela pero ninguna señal de su regreso, y así, empapado y con un nudo en la garganta seguía caminando hasta mi casa que quedaba a varias cuadras de distancia. Continuamos así algún tiempo, enamorados, juguetones y traviesos, distanciándonos lentamente, casi sin percatarnos, hasta ser sólo amigos como el resto. 

Por mi parte vinieron nuevos amores y locuras por montones, pero la salud de ella nunca mejoró y terminó falleciendo al poco tiempo. Hoy suelo sentarme junto a su tumba y hablarle en voz baja cada vez que visito el solitario cementerio de San Fabián de Alico.

3 comentarios :

  1. Jesús Chamali12/7/10

    Me ha parecido una historia tan entrañable que he decidido compartirla con mis amigos del face. Espero que no te moleste. Un abrazo.

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  2. Jorge, no esperaba que me mencionaras, honestamente, si bien por que no hemos compartido suficiente o por que el tiempo y la distancia nos hacen volver la cabeza hacia otros lugares, otras gentes. Baste decir que mi afecto y admiración por ti, están en su lugar desde hace mucho, sin falta de etiquetas. Pero me ha agradado en demasía leerme de tus labios. Gracias por el inmerecido obsequio. Y la forma en la que externas lo que sientes por los demas.

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  3. He buscado en mis recuerdos en vano algo parecido.. Ya sabía pero no me deja de sorprender no encontrarla.. es que no tengo una historia de amor de la infancia!! No puedo sentir envidia a penas tengo un vacío en el corazón a causa de esa ausencia.
    Me encanta este relato porque lo que no recuerdo lo imagino y lo vivo a través de quienes comparten su pasado con tanta calidez como lo hacés vos.. Sé que en todos tus relatos hay muchas partes de realidad así como una buena dosis de exageración pero eso no quita que entre líneas descubramos algo de tu yo real.. por eso leerte ha sido y será una grata experiencia!!

    Abrazos!!

    (Me inventaré una historia de amor para mis recuerdos.. ¿Está mal? Nah.. deseo amar así y jamás olvidar pero como es imposible volver el tiempo atrás para cubrir ese vacío puedo soñar e imaginar)

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