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El Círculo de Santiago


Por esos días del año 99 nuestro Círculo de Santiago estaba en su apogeo. Los movimientos artísticos Sara Bell y Derrame se habían unido, formando el grupo más selecto de creadores de los últimos años en Chile.

Contábamos con integrantes exclusivos, leales y generosos en sus quehaceres particulares. Aldo Alcota, esteta, pintor, poeta y el más entusiasta, exponía lienzos surrealistas y realizaba provocativas performances en carnicerías, bodegones y elitistas salas de arte;
Carlos Sedille, ingeniero franco-peruano y maestro de la narración irónica, traducía parte de nuestras creaciones al francés, incorporándolas junto con las suyas en respetadas ediciones galas; el poeta misántropo y adicto a la Coca Cola, Rodrigo Verdugo, publicaba su primer libro de poemas, Los Nudos Velados; Claudio Rodríguez, el periodista escritor, hacía lo suyo desde su trinchera en los periódicos La Prensa y El Centro en la región del Maule; Marta Péndola, la terrorista del sarcasmo, desplumaba día a día nuestras alas, poniendo paños fríos a tan enfermizas ansias de inmolación; Roberto Yáñez, el gigante vikingo ejecutaba sus primeros trances poéticos e inseminaba mujeres a diestra y siniestra; Malcovich Maluenda, incorporaba nuestras desnudeces y otras tantas de anónimos albañiles y dueñas de casa a su galería fotográfica; Carmela Gentile, la barbie Safo, amaba carnalmente a sus delicadas conquistas frente a nuestros ojos; Jorge Solís, el poeta fascista, nos enviaba poemas y maldiciones desde su residencia en Ohio; nuestro sobredimensionado periódico de combate, Ají en el Culo, salía a circulación en su primer y único número; Basarov, el doctorando en historia contemporánea, nos traducía directamente desde el ruso al español textos de Bulgakov, Bajtín y Yevtushenko, mientras concluía su tesis sobre el sentido de la muerte en Fassbinder; Momo Escupitajo, eterno aspirante al grupo, resistía como un porfiado y sordo coyote las continuas patadas en el trasero que le prodigábamos por no tener dedos para el piano, pero más que nada por ser odioso y pervertido; el poeta Rodrigo Hernández gestionaba cada nueva edición de la revista surrealista Derrame y actuaba de relacionador público del grupo junto al incomparable caricaturista y filósofo entretenedor Fernando Meza.

Yo mismo, Jorge Muzam, quizás el más arrogante, intentaba dar clases de buen estilo literario y programaba reiterados casting para reclutar nuevas féminas jóvenes para el grupo, que por erróneo pronóstico siempre resultaban ser sexualmente ascéticas o lesbianas, pero extraordinarias poetas.

Casi nunca estábamos de acuerdo en algo. Si bien las teorías estéticas y literarias pasaban como botellazos sobre nuestras cabezas, algunos creadores sí eran más populares que otros: Robert Rauschenberg y Karl Schmidt-Rottluff eran más populares que Andy Warhol, que era más bien un chiste fétido; Calvert Casey luchaba en prestancia con Reinaldo Arenas; John Kennedy Toole se sentaba sobre Norman Mailer; Reginald Marsh y Alberto Giacometti eran más aceptados que Magritte o Dalí, que eran considerados transversalmente como embaucadores de idiotas; Thomas Bernhard provocaba menos encono que William Burroughs; Pablo de Rokha apabullaba a Allen Ginsberg, pocos le hacían asco a Stephen King y a Céline lo amábamos sin condiciones.

Ningún integrante se declaraba abiertamente indigenista, ecologista, marxista, homofóbico, fascista, xenófobo o hijo de puta, pese a que las bromas crueles sobre homosexuales, indios, negros, judíos, alemanes, árabes y yanquis distendían con gran jocosidad el ambiente.

Algunos se iban para volver prontamente, otros se marchaban por mucho tiempo pero se hacían representar por sus palabras, pinturas, ideas extravagantes y reclamos. La mayoría, sin embargo, siempre estaba allí, pidiendo cervezas y vinos fiados a la tía Lila en el más feble bar del barrio Club Hípico.

Pese y gracias a todo, nos queríamos y respetábamos demasiado. Cada uno era grandioso en lo suyo y no se preocupaba si el de al lado le tapaba momentáneamente el sol.

No hubo una fecha de comienzo ni percibo un final, sólo las circunstancias de la vida nos disgregaron físicamente.


Nota: El dibujo que encabeza el texto se llama "Estudio groterósmico de las Meninas y sus ebrios alrededores" y pertenece al pintor y poeta chileno Aldo Alcota.

2 comentarios :

  1. Algún día se van a volver a reunir todos tus amigos que como lo describe , son personas talentosas y creativas . Interesante grupo de intelectuales .

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  2. Anónimo11/6/10

    jorge gracias por tus ironias
    me han arreglado el dia
    yañez

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