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El idioma de los otros

Cuando compartes tu espacio íntimo con una persona extraña, pronto descubres que es muy parecida a tí y a la mayoría de las personas que habitan esta esfera humeante.

A lo largo de dos décadas he establecido relaciones con multitud de personas de otras latitudes: brasileños, ingleses, franceses, australianos, rusos, judíos, españoles, ecuatorianos, peruanos, bolivianos, italianos, africanos, chinos y japoneses.


Compartir una cerveza, un café o un buen vino destierra cualquier desconfianza. En cada habitante de este mundo se suelen repetir las mismas asombrosas cualidades. No hace falta dominar el idioma del otro. La mayor parte de los gestos corporales son universales.


Takanori, gerente vacacionista de la Mitsubichi, llegó hasta nuestra facultad sin más pretensión que perfeccionar su español y profundizar en sus estudios latinoamericanos. Bastó que se sentara a beber un café en nuestra mesa para que la picardía tan similar entre chilenos y japoneses hiciera su labor diplomática. En menos de dos minutos ya nos estábamos matando de la risa. De ahí a transformarnos en amigos inseparables no mediaron más de dos días. Takanori se sentía acogido, se veía cómodo, exultante y nosotros le queríamos como a uno más. Sólo por permanecer a nuestro lado tomó abundantes cursos de historia americana y hasta asiática. Nos acompañó en cada borrachera durante dos años, nos enseñó cuanta grosería existe en japonés, y nosotros le retribuimos enseñándole el chileno más soez. 

Takanori no fue el único, pero sí el más querido, el más recordado. Hoy vive en Tokio y dirige su propia empresa de cosméticos importados desde Argentina, llamada La Pasionaria.

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