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El hombre que orbitó Saturno

Hace unos días terminé de leer Ampliación del campo de batalla, de Michel Houellebecq. Es una buena novela y logré leerla con interés, aunque debí cargar con la desolación del protagonista durante varias noches. 

Mi percepción frente a cada obra no es estática. Normalmente no me esfuerzo por controlar mi subjetividad y dejo que los elementos sensoriales se conjuguen a su antojo. Eufórico, cansado, deprimido, somnoliento u ofuscado, los yoes anímicos se alternan durante cada jornada. Los procesos analíticos que se desarrollan en mi mente tampoco son uniformes. Lo bueno es que el yo brillante vuelve sobre los pasos de los yoes negligentes, tapa todos sus forados y resarce sus injusticias.


De esta forma, los libros que reviso o leo atenta o desprolijamente están sujetos al antojadizo temperamento de la variedad de personajes que habitan un mismo cuerpo, el mío.

Cuando no logra cautivarme novela alguna recurro a mis múltiples antologías de cuento para salir del paso, siempre hay algo bueno que no he leído o algo que releer.

El trapecio de Carlotta, de Gianni Marchisio y El funámbulo culposo, de Thomas Bour, son a mi juicio, los mejores relatos cortos que he leído en el último tiempo. Cabe destacar la extraña similitud entre estos dos relatos: en ambos, los protagonistas son seres solitarios que intentan infructuosamente ceñirse a los moldes de una sociedad moderna. Carlotta y Alfred carecen de ambición, carisma y belleza. Quizás por estos y otros inescrutables motivos no logran establecer ninguna relación fluida, afectuosa y perdurable entre sus pares, y sin buscarlo ambos se van desmoronando hasta caer en un precipicio, no sin antes intentar variadas formas de salvación.

Si bien el argumento, la progresión dramática y el desenlace son casi idénticos, lo que resulta pintoresco es que hasta el mismo título guarda cierta relación.

Sin embargo, no existe antecedente alguno que corrobore la posibilidad que entre ambos autores haya existido algún contacto, ni siquiera de tipo lector.

Marchisio, de quien sólo he leído dos relatos, uno de ellos en italiano, vivió casi toda su vida en Messina. Se sabe que realizó diversos oficios de poca monta tales como lavavajillas, ayudante de peluquero y cargador de camiones, y que alcanzó a publicar dos libros de relatos antes de suicidarse en 1996, a los treintaidós años.

Thomas Bour, por su parte, se transformó en un autor de culto tras la publicación de su novela “República del Ají”, en el año 2007.

De Bour existe la certeza que nació en Bakersfield, California, en 1969. Hijo de inmigrantes franceses, vivió allí junto a su familia hasta los doce años. Luego se establecieron en Medellín. A los diecisiete años y tras terminar la secundaria, abandonó la casa paterna y se dedicó a recorrer América Latina. En 1986 llegó a Santiago de Chile, donde vivió los siguientes ocho años. En 1992 publicó su primera novela,“El hombre que orbitó Saturno”, obra que desató acaloradas polémicas. Tal como un nuevo Jonathan Swift, y a través de una prosa mordaz, el autor fue desenrollando los oscuros tejidos de la elite empresarial y política chilena. Numerosos aludidos se estrellaron contra una obra artística, frente a la que no se pudieron querellar judicialmente.

Tras vagar algunos años por el este de Europa, regresó a Chile en 2006. Hoy vive como un barbón anacoreta al borde de un acantilado en Algarrobo.

1 comentario :

  1. Excelente texto. Clarificadora autocrítica de la percepción crítica.
    A los autores mencionados más abajo no los conozco, pero los voy a buscar.
    Saludos Muzam

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