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Macho latino

En aquellos días tenía preferencia por el tecno, aunque a decir verdad nunca supe demasiado sobre ese ritmo ni sobre sus cultores. Sólo me relacionaba con parejas eventuales tan ignorantes como yo que buscaban sacudirse al ritmo del tum tum antes del gran polvo de la madrugada. Me movía con el estilo de Mister Bean y eso me relajaba bastante. Necesitábamos botar de alguna forma la acumulación de mala energía de la semana para no alimentar la crónica roja con nuevos días de furia.

Durante doce horas al día, de lunes a sábado, vendía camisas y corbatas en una tienda del centro de Santiago. Había llegado allí luego de abandonar mis estudios de literatura. No había mejores trabajos disponibles. Era una modorra espantosa estar todo el día bajo cuatro enormes ventiladores, oyendo los bocinazos de la calle Moneda y soportando los reclamos de los clientes comprensiblemente insatisfechos. Era un trabajo deshonesto como la mayoría de las actividades comerciales, pues involucraba estafar a los compradores con porquerías de tercera calidad que el propietario palestino pagaba a los chinos a razón de diez piezas por dólar. Venían con innumerables fallas, descosidas, manchadas, mal diseñadas e hilachentas, pero disimuladas en un envase que impedía apreciarlas. Debíamos ofrecerlas con la mejor sonrisa a no menos de 20 dólares cada una.

Pero lo peor era sobrellevar a una jefa turca con aires de diva erótica que sobrepasaba la cincuentena. Intentó seducirme desde mi arribo a la tienda, me acosó descaradamente una y mil veces pero nunca caí, y no era por su edad ni por su apariencia, porque era realmente una belleza apetecible, sino por el trato clasista con que humillaba a mis ayudantes de bodega y a los otros vendedores. Fue mi perverso castigo, porque frente a su deseo de poseer mi fiereza morena yo le opuse mi inclaudicable conciencia social. A los de mi clase no los trataban como basura así como así, llevándoselas peladitas. Con algo tenía que contestar, aunque fuera negando la dureza de mi cuerpo a sus ansiosos besos.


Photo by René Habermacher

7 comentarios :

  1. Anónimo28/3/10

    Ese macho latino contestario , en hora buena que paro los impulsos eróticos de esa vieja de porquería . Me cargan esas señoras que tienen sobre los cincuentas años y se creen minas . Me causa repugnancia , eso que ande acosando hombres jóvenes , dejen algo para la sub 35 .


    Marietta Morales Rodríguez .

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  2. encarna3/4/10

    Bueno... las señoras que sobrepasan los cincuenta has sido, y a menudo son hermosas minas. las minas de treita se terminan convirtiendo tambien en señoras de cincuenta.
    El comentario irrespetuoso. El relato muy bueno. me gustaria tener esa habilidad para hacer el cuento a la inversa: el muchachito joven que se prenda de la señora, que le aprecia y se siente halagada, pero que tras el chico ve al hijo (doy fe de lo ocurrido, yo soy la señora de cincuenta)

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  3. encarna3/4/10

    disculpas por lo "comentario irrespetuoso", no deja de ser un juicio.

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  4. Me sumo a Encarna, la señorita anónima ignora que este camino es solo de ida, si tiene suerte llegara al mismo punto que la señora de 50, espero no tenga que tirarse un mino de 25 para sentirse tiqui-taca.

    Trabaje en la Polar antes del cuestionamiento y la política de precios era: costo $800 valor venta $15.000.- Compro en la feria de Arrieta y los kilos pesan 700 grs. Sera que se puede???

    Saludos
    AOC.

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  5. Tal como lo expresas, es un camino sin regreso, Antonia. Y veo que conoces muy bien el trucaje estafador de las multitiendas. Si tan sólo esa diferencia monstruosa quedara, en un porcentaje significativo, en manos de los obreros manufactureros, hasta la pagaría con gusto. Pero sabemos que no es así, que nunca ha sido así, y que de no mediar un reordenamiento definitivo en favor de las clases trabajadoras, pues seguirá de la misma forma.

    Agradezco tu visita y tu comentario, Antonia.

    Un fuerte abrazo.

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  6. ¿Quién no tuvo un empleo así al menos una vez en la vida? No veo a nadie laventando la manito. Ud muestra en este texto una buena forma de capitalizar las experiencias más odiosas de nuestras vidas, lo practicaré! Besos.

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