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El cotorreo de la especie


Una mujer ha quedado encandilada con un hombre. Lo ha olfateado, lo ha sopesado, ha observado la envergadura de sus hombros, la fortaleza de sus piernas, la seducción de su voz, la coherencia de sus palabras, la tersura de su piel, el carácter de su mentón, la paz de su mirada. Acto seguido, le ha quitado los cerrojos a su cuevita. Quizá la mujer no lo sabe pero intuye que ese hombre debiera ser el padre ideal que fecundará el resto de sus óvulos, la sangre apropiada para perpetuar una nueva sangre fortalecida, la gran verga que esparcirá salud y oxígeno para la especie.

Ambos sacudirán sus plumas danzando al ritmo de una buena canción. Luego unirán sus picos y cotorrearán su excitación avivando al espermio más enérgico a ganar la maratón.

Es la vida la que hace su juego, no el amor. El amor es un aderezo, una palabra, un susurro, una promesa de que los cachorros serán cuidados y alimentados hasta que crezcan y se puedan valer por sí mismos. En adelante, el amor se mencionará para ahuyentar el pánico al silencio. El amor será  un capuchón semántico que guarecerá la soledad de los que ya no tienen nada más que hacer. La vida se ha relevado y nuevas avenidas atraviesan por encima de los senderos de la memoria. Los huesos se contraen y ya es hora de partir.

2 comentarios :

  1. Hay mucho de verdad en lo que escribe, es simple y certero.
    Pero como dice una canción que se me viene a la mente, muy repetitiva por cierto:"no se puede vivir sin amor".

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  2. Satisfechos los instintos biológicos queda la necesidad de "amor", de compañía, de consuelo. Vivir sin un beso, sin un abrazo, sin palabras de afecto es muy duro. Se sobrevive sin amor, no se vive. Los seres humanos somos harto complejos, he ahí la gran diferencia de la especie.

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